Historias secretas del sistema educativo

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La horrible posibilidad de que la gente estúpida no existiera en cantidades suficientes para garantizar los millones de carreras dedicadas a ocuparse de ella le parecerá increíble. Sin embargo esa es mi propuesta central: la estupidez masiva que justifica la escolarización oficial tuvo que ser soñada: no es real.

Nuestras suposiciones oficiales acerca de la naturaleza de la infancia moderna están totalmente equivocadas. Los niños a los que se permite asumir responsabilidad y se les da una parte seria en el mundo real son siempre superiores a aquellos a los que simplemente se les permite jugar y ser pasivos. A la edad de doce años el almirante Farragut tuvo su primer puesto de mando. Yo estaba en quinto curso cuando aprendí esto. Si Farragut hubiera ido a mi escuela habría estado en séptimo.

El secreto de la escolarización norteamericana es que no enseña de la forma en que aprenden los niños y no se supone que tenga que hacerlo. Me llevó siete años de lectura y reflexión para comprender finalmente que la escolarización masiva a la fuerza de la juventud fue una creación de las cuatro grandes potencias del carbón del siglo XIX. Casi cien años después, el 11 de abril de 1933, Max Mason, presidente de la Fundación Rockefeller, anunció a la gente informada que estaba en marcha un programa exhaustivo para permitir, en palabras de Mason, «el control del comportamiento humano».

Algo extraño ha estado sucediendo en las escuelas del gobierno, sobre todo por lo que respecta al tema de la lectura. Existen abundantes datos que muestran que en 1840 la frecuencia de la capacidad compleja de lectura y escritura en los Estados Unidos estaba entre el 93 por ciento y el 100 por ciento, allá donde ello tuviera importancia. Sin embargo la escolarización obligatoria no existía en ninguna parte. Entre las dos guerras mundiales, parece que a los hombres de escuela se les ha asignado la tarea de poner fin a nuestra competencia universal de lectura.

Viví la gran transformación que transformó las escuelas de lugares a menudo útiles en laboratorios de experimentación del Estado con las vidas de los niños, una forma de pornografía enmascarada como ciencia pedagógica. Todas las teorías para criar a los niños hablan en promedios, pero la evidencia de nuestros propios ojos nos dice que los hombres y mujeres promedio no existen en realidad, excepto como presunción estadística.

De principio a fin, la escuela que conocemos es un relato de verdaderos creyentes y de cómo se llevaron los niños a una tierra lejana. Todos nosotros tenemos un minúsculo elemento de verdadero creyente en nuestros caracteres. Sólo tiene que meditar un poco sobre sus propios impulsos salvajes interiores y sobre la chispa lunática que entra en sus ojos en esas ocasiones para comenzar a comprender qué podría suceder si esos impulsos se convirtieran en una condición permanente.

Es de suponer que las intervenciones utópicas como la escolarización obligatoria no siempre tienen las ventajas que parece. Por ejemplo, la lámpara de seguridad de sir Humphrey Davy salvó a miles de mineros del carbón de una muerte espantosa, pero derrochó muchas más vidas de las que salvó. Esa lámpara sola permitió a la industria del carbón crecer rápidamente, exponiendo a mineros a peligros mortales para los que no hay protección. Lo que hizo Davy por los productores de carbón, lo ha hecho la escolarización para la economía corporativa.

En 1935, en la escuela experimental de la Universidad de Chicago donde John Dewey había sido influyente, Howard C. Hill, jefe del departamento de ciencia social, publicó un inspirador libro de texto llamado La vida y el trabajo del ciudadano. La portada muestra claramente cuatro manos dibujadas que simbolizan la ley, el orden, la ciencia y el comercio entrelazadas para formar una perfecta esvástica. En 1935, el modelo prusiano y los objetivos prusianos se habían incrustado tan profundamente en las partes vitales de la escolarización institucional que apenas una alma se dio cuenta de que los objetivos tradicionales del proyecto se estaban abandonando.

Con la misma embriagadora precipitación tuvo lugar un espectacular desplazamiento hacia la producción en masa y escolarización en masa. La producción en masa no se podía racionalizar a menos que la población aceptara la masificación. En una república democrática, la escuela era el único instrumento de fiar de largo alcance disponible para cumplir esto. Las viejas formas norteamericanas de escolarización no habrían estado a la altura de la responsabilidad que el carbón, vapor, acero y maquinaria pusieron en los dirigentes nacionales. El carbón exigía las escuelas que tenemos y por eso las tuvimos, como un último acto de racionalidad.

«En el pasado –escribió Frederick Taylor–, el hombre era lo primero. En el futuro, el Sistema será lo primero». Los procesos de pensamiento del trabajador estandarizado tenían también que ser estandarizados para convertirlo en un consumidor fiable. El management científico se extendió rápidamente de la fábrica a las escuelas para intentar conseguir esta meta.

El gran mito destructivo del siglo XX fue el agresivo punto de vista según el cual un niño no podía crecer correctamente en las únicas circunstancias de su propia familia. La escolarización obligatoria fue la principal agencia que difundió esta actitud.

La experiencia de la guerra global proporcionó a la reforma de la escuela oficial un gran ejemplo de lo que era posible. La intervención del gobierno fue proclamada el antídoto para toda disensión. En el último rincón de la vida norteamericana florecieron nuevas organizaciones sociales que se nutrían todas ellas de la intervención en la soberanía personal y la vida familiar. Por fin una nueva república estaba aquí justo como anunció Herbert Croly, y la escuela del gobierno era su iglesia.

A la nueva institución de la escuela obligatoria se le asignó la tarea de dejar fijo el orden social, si bien teniendo en cuenta las advertencias de Pareto y Mosca. La sociedad iba a reflejar las necesidades de la moderna organización corporativa y los requisitos de la evolución racional. El mejor linaje reproductivo tenía que ser protegido y exhibido. El desafío supremo era especificar quién era quién en el nuevo orden jerárquico.

La hipótesis básica de la construcción de utopías es que la estructura de la individualidad puede ser rota y reformada una y otra vez. La noción de los niños vacíos fue el concepto más importante que inspiró a los arquitectos e ingenieros sociales a creer que las escuelas podían ser convertidas de hecho en laboratorios de socialización.

Dios fue echado de golpe de la escolarización obligatoria tras la Segunda Guerra Mundial. Esto no fue a causa de ninguna prohibición constitucional –no había ninguna que alguien hubiera sido capaz de encontrar en más de siglo y medio– sino porque el Estado político y la economía corporativa consideraron a la tradición espiritual occidental un competidor demasiado peligroso. Y lo es.

Ninguna de las familiares secuencias escolares es defendible de acuerdo a las reglas de la evidencia, todas son arbitrarias; la mayoría fundadas en la superstición o el prejuicio estético de uno u otro tipo. La formulación de Pestalozzi «de lo simple a lo complejo», por ejemplo, es una receta para el desastre en el aula.

Ahórrese a sí mismo la inquietud de pensar en el problema de la escuela como una conspiración, incluso si el proyecto está de hecho repleto de mezquinos conspiradores. Fue y es un trueque en que todos nosotros tomamos parte. Cambiamos la libertad de nuestros niños y nuestra libre voluntad por un orden social seguro y una economía muy próspera. Es un trato en que la mayoría nos ponemos de acuerdo en que nosotros mismos pasemos a ser niños, bajo la misma tutela que controla a la juventud, a cambio de alimento, entretenimiento y seguridad. La dificultad es que el contrato fija el objetivo de la vida humana tan bajo que los alumnos se vuelven locos tratando de escapar de él.

En la base de la durabilidad de la escolarización masiva hay un sistema de fragmentación del poder diseñado brillantemente que distribuye la toma de decisiones de forma tan amplia entre tantos intereses beligerantes que el cambio a gran escala es imposible sin una guía. Pocos enterados comprenden cómo gobernar este barco y los pocos que lo saben han perdido las ganas de controlarlo.

El único modo concebible de evadirse de esta trampa es repudiar cualquier mayor centralización de la escolarización en forma de objetivos nacionales, tests nacionales, licencias de enseñanza nacionales, planes escuela-trabajo y el resto del paquete utópico que los acompaña. La escolarización debe ser desistematizada, hay que dar muerte al sistema. Adam Smith nos enseñó correctamente hace más de dos siglos que el bienestar de las naciones es el producto de la libertad, no de la tutela. La conexión entre la economía corporativa, la política nacional y la escolarización es una enfermedad de colectivismo que debe ser rota si los niños tienen que convertirse en adultos soberanos y responsables, capaces de alzar una sociedad hasta alturas inimaginables. El modelo de management racional ha dañado las raíces de una sociedad libre y al libre mercado que dice defender.

Lo que ha sucedido en nuestras escuelas fue previsto hace mucho tiempo por Jefferson. Hemos vuelto a ser colonizados silenciosamente en una segunda Revolución Norteamericana. Es hora de retomar el guión del origen revolucionario de esta nación, hora de renovar la hostilidad tradicional a la jerarquía y la tutela. Nos hicimos una nación de abajo a arriba, ese es el único camino para reconstruir un concepto digno de educación.

© 2007 John Taylor Gatto
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte

Historias secretas del sistema educativo

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