El Voto. La confusión como credo

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Por Jorge Batista Prats

En estos tiempos en los que la adjetivación parece impelida a escalar sin descanso las cumbres del superlativo para lograr que el lenguaje tenga expresión e incisión, hay muchísimas cosas espantosas en el escenario del pensamiento. La peor, que parece la formulación de un absurdo, la inexistencia de aquel. Y a su mismo nivel, eso que denominan ‘pensamiento único’, que no puede ser pensamiento porque la acotación cerebral es ausencia de libertad. Ya no estaríamos en la esfera del intelecto y su potencialidad sino que habríamos de incorporar vocablos como dominación, represión, manipulación … para desplazarnos por los campos de la convivencia. Esos prados y eriales tienen un nombre: Política.

Decía que nuestro entourage acoge mundos terribles que nos acompañan en una decadente rutina, presos del tabú, el eufemismo y la miserable ‘corrección política’, tras la que se esconde una técnica de opresión que consiste en modificar, tergiversar, alterar, las acepciones de las palabras para evitar daños al statu quo, eliminando la capacidad de análisis crítico en las mentes de aquellos que se agrupan en un gran conjunto conocido como ‘la masa’ o, en plural, ‘las masas’. El control de la pleamar, la bajamar, el oleaje, los vientos, las borrascas, de esa peculiar y heterogénea aglomeración ha sido razón de razones a lo largo de la Historia. Obviamente, lo sigue siendo: las ovejas del rebaño son distintas entre sí, pero siguen el mismo camino. El que impone el pastor con su cayado con la ayuda de los perros.

A mi juicio, hay dos cosas esencialmente horrorosas: la complicidad entre víctima y verdugo, capaz de prolongarse hasta el Síndrome de Estocolmo y más allá – psicopatías de por medio – hasta las degeneraciones más ‘exquisitas’, y el desconocimiento ante la batalla de quién es el enemigo. Tal es el despropósito y el sinsentido que, aunque parezca cosa del imposible, se establecen combates sin saber contra quién, al amparo de tópicos y lugares comunes de primitiva comprensión y rápida y fácil propagación. Son muchos los que creyéndose y autodenominándose revolucionarios viven una permanente ensoñación cobijada al amparo de frases hechas, graffittis, gritos, consignas y banderas. Estéril asesinato del tiempo. Lejos de significar la llegada de mejores condiciones de vida para la sociedad civil, despedazada y asfixiada con la mayor crueldad, esa ‘ensoñación rebelde’ está incorporada al sistema, al régimen. No hay mejor negocio que controlar uno mismo su competencia.
Vaya por delante que si la ilusión es motor para el avance de las sociedades, si nace de la confusión y el desconocimiento, pronto alcanzará el estadío de la frustración. En España tenemos continuos ejemplos de esa dinámica desde hace muchos años. El denominado ‘régimen del 78’, producto de la transición de una dictadura militar a una dictadura corrupta de partidos bajo la pamela de una monarquía carente de honor y vergüenza, es el ejemplo más vil de cómo se puede aplastar el entusiasmo de un país, destruir su futuro, convertir en infierno su presente y, lo que es en esencia el fascismo: manipular las conciencias, arrasar cultura, creatividad y pensamiento, reprimir cualquier tipo de contestación, despilfarrar y robar el dinero público, establecer de manera premeditada y alevosa ‘áreas de impunidad’ para los delitos del Poder y su manto clientelar, endeudar a varias generaciones en una demencial huida hacia delante que no puede tener otro fin que el abismo y, entre otras muchas más cosas, comprar y sobornar a los medios de comunicación que, ante lo que un amigo definía como ‘chantaje del plato de lentejas’, abandonan ética y deontología para alejarse de la sociedad y establecerse también – algo asqueroso y repugnante para cualquier inteligencia – entre los que se alimentan en los abrevaderos del régimen más canalla y criminal que pude concebir jamás.

Y cada cuatro años, votar. No voy a ser tan osado, ni pedante, ni maleducado, para calificar a una gran parte de la ciudadanía de ignorante. Pero tampoco voy a engañarme y sujetar mis palabras precisamente a lo que denuncio: la estúpida ‘corrección política’. Más aún cuando los estudios más serios nos colocan en la cola de Europa en lo que se refiere a la comprensión. Lectora y oral. Un pueblo alimentado de los más chabacanos dimes y diretes, incapaz de distinguir entre el trigo y la paja ante la avalancha de información y desinformación, se convierte en una selva indolente, vaga y conformista que, ante cualquier esfuerzo de pensamiento y comunicación cae en la más decepcionante confusión. Allí donde hay una pared corren las gentes hacia ella sin percatarse de su existencia, hasta que dejan sangre y sesos estrellados contra el hormigón. Y no una, que no es el tropiezo cuestión de dos veces sino de miles, desafortunadamente.

Y cada cuatro años votar … El proceso de dominación y saqueo sobre esta España ha sido un rotundo éxito para lo que se viene llamando ‘clase dominante’, que lejos de ser clase es ‘castuza’ sin clase alguna y que, sin que nadie se rasgue las vestiduras, ha adoptado dinámicas mafiosas a niveles tan escandalosos que la ‘nocturnidad’, casi siempre acompañante del delito, se ha dejado de lado por innecesaria. Todo se hace a la luz del día ante la atónita mirada de una sociedad civil refugiada desde el chiste al llanto esperando tal vez la llegada de un mesías o haciendo constante alusión a los ‘ciclos de la economía’. Por ello, espectáculos tan obscenos como el protagonizado recientemente por una de las ‘baronas’ del PP, Esperanza Aguirre, traspasa las fronteras de lo anecdótico o doméstico para ser punta de iceberg y hedionda señal de la filosofía política (???) que apuntala la manera de concebir lo público y, consecuentemente, considerar como propio lo de todos. A tal extremo, que el país es finca donde los señoritos, en versallesca y criminal liturgia, ejercen un libre albedrío procedente de sus genitales, defendidos éstos por las Fuerzas de Seguridad del Estado. Pero la pólvora ya no es del rey sino de los ciudadanos.

He de confesar que estoy hasta las narices de los apócopes que pretenden tener un significado que nunca tienen, puesto que no superan la superficialidad más pueril. 11M, 15M, 22M y ahora al caer está el 25M. Necesitaría muchos folios para exponer hasta dónde nos han llevado las políticas de la socialdemocracia de ‘Bambi’ – no lo llamaré Zapatero porque ese vocablo me evoca una profesión noble y digna – y el esperpéntico actuar de un pusilánime llamado Rajoy capaz, no sólo de acogotar a su pueblo con una inútil gestión de corte carcelario, sino de ceder soberanía a la Unión Europea, sumida también en encrucijada de calles sin salida. La única diferencia es que nuestros niveles de desempleo son para quemarse a lo bonzo mientras que los países ‘punteros’ pueden capear el temporal sin que se declare el fuego en la sala de máquinas. La ‘fontanería’ del PP ha sido capaz hasta de colocar en riesgo de muerte a su Policía con tal de encontrar titulares y coartadas discursivas que carguen la indignación ciudadana a ‘incontrolados de izquierda anti sistema’. Es obvio que el mundo vive una crisis – mucho más allá de la política y la economía -, luego un ajuste. Y es la mirada a ese ajuste la que debiera eliminar la utilización machacona de la propia palabra crisis. En España lo que acontece es la consolidación de un régimen de pobreza donde pretende convivir la ‘castuza’ con la miseria actuando sobre la Justicia y el reparto de la riqueza de tal modo que los débiles pierdan derechos y los fuertes no pierdan privilegios.

Hablaba una vez con un importante analista y pensador quien me señalaba que a la palabra ‘radical’ se le ha dado interesadamente una connotación peyorativa. Defendía que hay escenarios y coyunturas en los que hay que ser radical, lo que no significa ausencia de diálogo, ya que los devaneos actuan de forma clara y evidente en contra de la verdad y la libertad. Elecciones Europeas. Confusa y confundida la población civil por las tácticas goebbelianas emergentes desde el apaño de la Transición, aún no ha aprendido ni aprehendido que el voto no es una obligación ciudadana sino un derecho político. Es tal la trepanación de cráneos, que son millones – descontemos a siervos, vasallos y sectarios de siglas sin significado alguno – que sienten remordimiento si no acuden a las urnas cuando, después de ser pisoteados, a toque de silbato de tertulianos se incorporan para ir a los colegios electorales confiando “en que la cosa cambie”. Levántate y anda. Se interrogan, se angustian, corren con ansiedad las prisas con un nudo en la boca del estómago. Buscan, olfatean, escarban, a la captura de alguien a quién votar. Ojo, que no elegir. Eso es cosa muy distinta. De este modo, el ejercicio para el que han sido programados les impide llegar al fondo de la cuestión, que es muy simple: Mirando la reciente historia de España y su estructura clientelista y endogámica, con un autogolpe (23F) encabezado por John Charles One para colocar al frente del país un gobierno liderado por el general Armada, ¿creen ustedes que se colocarían urnas si esas cajitas no formaran parte y fueran necesarias para el mantenimiento de la dictadura de partidos? Mi respuesta es ¡No!

Los periódicos, esos que ya no lo son, acogen en sus páginas múltiples anuncios de santeros, nacionales e importados del Caribe, que tienen explicaciones para todo. Todo se puede defender, hasta lo más abyecto. El lenguaje lo permite. Pero hay cosas que no se circunscriben al entorno de la opinión. Forman parte de una realidad objetivable que está ahí. Desde mi ventana veo un gran macizo rocoso. Diviso los cardones, las palmeras, las lagunarias cuyas ramas se mueven con la suave brisa que llega de la mar. Veo algunos niños pasar con sus skates, el sol que a voluntad de los cielos sale y se oculta tras nimbos grisáceos … Y veo que quien se acerque a las urnas es cómplice de un sistema represivo insoportable por humillante, castrador y saqueador. Los nuevos partidos – en España ya hay más de 70 grupos políticos – olvidan el ralentí para apretar el acelerador. Es preciso conseguir raudo y veloz firmas, dinero, propaganda, medios, carteles … al menos un escaño en el Parlamento Europeo … No sólo desperdician el tiempo sino que cometen un error garrafal. Con la mirada puesta en el ombligo, no levantan la cabeza para conocer al enemigo que tienen delante. Fátima. Lourdes. Creen en el milagro y subestiman a un régimen canalla y blindado que jamás se hará el harakiri. Un régimen monárquico y corrupto que no se marchará jamás. Debe ser desalojado. En todos estos años, pese a que las apariencias y los acercamientos más simples hablan de bipartidismo, no ha existido tal cosa. Para ello tendría que haber habido democracia y no ha sido así. Las siglas no han significado mucho y ahora ya casi nada. Estamos en un régimen de partido único al que, si quieren, podemos denominar ‘coalición’. Tiene un nombre que, es cierto, rompe las concordancias. Pero así es: ese partido, esa ‘coalición’, se llama Dictadura de Partidos, denominación a la que es obligado colocarle el adjetivo ‘corruptos’. Otra apreciación que tampoco es opinión sino asimismo realidad objetivable.

Existe otro error tremendo enfundado en las novísimas ilusiones de cambio: ninguno de los grupos que llegan se han acercado al epicentro del problema. Quieren entrar en las instituciones. En éstas, en las que hay, en las que existen, en las que legislan, en las que nos han traído a donde estamos, sobre las que vierten insultos y críticas, pero no ofrecen ningún cambio que redunde en beneficio de la sociedad civil ni siquiera previsible a largo plazo. Pretenden entrar en ‘la banda’ y luego convertir a pistoleros en místicos y ascetas. Es un imposible propio de advenedizos, trepas o cándidas caperucitas. Ya lo dije antes: el sistema se ha construido su propia y controlada ‘resistencia’. Ello da credibilidad y ‘vende’ muy bien. Pero es más de lo mismo. O peor. Déjenme ahora que me vaya invadido de un sentir más propio de la hilaridad y el asombro que de cualquier otra cosa: hay que ser imbécil para creer que desde el régimen podrá cambiarse el régimen. Del saqueo, la opresión y el sinsentido llegar a un proceso constituyente en libertad. Yo, personalmente, prefiero el pensamiento al llanto.

Por Jorge Batista Prats

El Voto. La confusión como credo

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