La ‘Fábrica del Rey’, una herencia envenenada y secreta de la Gran Guerra

image

España se mantuvo al margen de la Primera Guerra Mundial, cuyo centenario han comenzado a celebrar los contendientes, pero empleó un dineral en comprar de forma clandestina e ilegal cientos de toneladas de gas mostaza a los derrotados alemanes para bombardear a los rebeldes en el norte de Marruecos. Con el fin de confeccionar las bombas tóxicas, Alfonso XIII ordenó construir una fábrica en las cercanías de Madrid, la Fábrica del Rey, concretamente en un monte de pinos conocido como La Marañosa. Ahora Felipe VI, bisnieto de aquel Borbón, y su esposaLetizia, anuncian su quinto viaje al extranjero –tras visitar el Vaticano, Portugal, Marruecos y Francia– para asistir en Lieja (Bruselas) a la conmemoración de lo que el historiador alemánSebastián Haftner considera “la catástrofe original”.

image

La Fábrica del Rey, actualmente convertida en el Instituto Tecnológico La Marañosa y dependiente del Ministerio de Defensa, fue la peor herencia que recibió España de los alemanes al término de la Primera Guerra Mundial, y ha sido a lo largo del siglo XX una de las instalaciones más secretas –todavía lo es– y peligrosas en manos del Ejército. Durante el franquismo se empleó, entre otras cosas, para producir botes de humo tóxico y venenoso con el que dispersar a los manifestantes. En la adecuación y modernización de las instalaciones para crear un centro de calibración de bombas y misiles y de análisis de riesgos nucleares, bacteriológicos y químicos (NBQ) con la homologación de la OTAN, el ministro de Defensa con José María Aznar, Eduardo Serra, invirtió en obras civiles una suma superior a 12 millones de euros (2.000 millones de las antiguas pesetas). El detalle de las contrataciones fue declarado “materia reservada” por razones de interés para la defensa nacional, un paso más del secretismo que siempre ha envuelto la factoría de armas ilegales.

image

Según el investigador Sebastián Balfur, Alfonso XIII manifestó un gran interés por las armas químicas que los alemanes emplearon en la Gran Guerra y pidió información sobre su manufactura. La sustancia más letal era el veneno vesicante o gas mostaza con el que los alemanes bombardearon profusamente en julio de 1917 la región de Ypres, de donde derivó el nombre francés de ypérite y su equivalente español, iperita. Los primeros contactos firmes para instalar en nuestro país una factoría militar de armas químicas y montar bombas con iperita y gas mostaza se produjeron cuando ya los alemanes habían sido derrotados y quedaron obligados por el tratado de Versalles a destruir sus arsenales. En vez de eliminarlos, los escondieron. Y el 20 de agosto de 1921, apenas un mes después del desastre de Annual, los enviados de Alfonso XIII comenzaron a negociar con el antiguo jefe del servicio de guerra química de Alemania, Hugo Stoltzemberg, con el fin de adquirir los gases venenosos para bombardear las aldeas del Rif afectas a Abdelkrin el Jatabi.

En noviembre de ese año, el ingeniero químico y empresario se reunió en secreto con el primer ministro Antonio Maura y con el titular de Economía y Hacienda, Francesc Cambò. Poco después comenzó la construcción de la Fábrica del Rey, en un paraje de pinares en el término municipal de San Martín de la Vega (Madrid), cerca del río Manzanares. Existe constancia documental, todavía clasificada como secreto de Estado, de que se cargaron cientos de bombas de gas mostaza en La Marañosa y de que se emplearon profusamente para bombardear desde el aire y también con cañones a las poblaciones civiles del Rif desde finales de 1923 hasta 1927. Además del azufre se empleó fosgeno. Las primeras bombas aéreas pesaban unos 25 kilos. Luego los italianos emplearon sus temibles C-500-T, de 280 kilos, contra la población etíope.

image

Además de La Marañosa, los primeros cargamentos de fosgeno, gas lacrimógeno y cloropicrina que suministró Stoltzemberg mediante “operaciones triangulares” desde Holanda, Dinamarca e Italia fueron destinados a Melilla. Allí los mandos obligaban a los soldados a confeccionar las bombas tóxicas para cañonear a las tribus del Protectorado. El sufrimiento de los soldados españoles a causa del gas mostaza fue parcialmente reflejado por el escritor Ramón J. Sender, destinado en la guerra colonial como soldado, en su novela Imán.

Aunque el acceso a la documentación sigue estando vedado en la España democrática, algunos estudiosos como Balfur estiman que en La Marañosa se armaron bombas con al menos 400 toneladas de iperita procedentes de los arsenales ocultos alemanes que administraba el mencionado Stoltzemberg, quien firmó un contrato fabuloso para suministrar además hidroaviones y otro material a las tropas españolas en la guerra del Rif y recibió la nacionalidad española.

El que luego fuera jefe de la aviación republicana, Ignacio Hidalgo de Cisneros, calificó de “crimen y canallada” aquellos bombardeos en los que él mismo participó como aviador y jefe de escuadrilla. En su libro autobiográfico Cambio de rumbo confesó no haber sentido remordimiento. “Es increíble la naturalidad con la que pueden hacerse las mayores barbaridades cuando se tiene una cierta mentalidad”. Y añade que sólo cayó en la cuenta de la atrocidad cuando se enteró de los ataques con bombas tóxicas de gas mostaza que los italianos estaban perpetrando contra los abisinios.

image

A falta de documentos, otro aviador, el teniente Alberto Bayo Guiroud, destacado en el aeródromo melillense de Tahuima, manifestó su extrañeza por los gases amarillentos que desprendían las bombas y, tras comprobar en el dispensario médico de un poblado los daños irreversibles en los ojos y en las mucosas de la gente afectada por el gas mostaza, elevó una protesta a los superiores, que, temerosos de que organizara un plante, lo arrestaron e incomunicaron en un calabozo hasta la conclusión de un expediente por desobediencia y desacato. Le dejaron medio año sin sueldo y sin destino. Ya en Madrid, bajo el seudónimo decoronel Bayoneta, denunció en la prensa “los crímenes de la Monarquía” en Marruecos y el carácter criminal y de rapiña de la campaña militar en el norte de África, al tiempo que tuvo un duelo a muerte con el capitán de aviación y jefe de escuadrilla en Melilla, Joaquín González Gallarza, al que hirió gravemente con su espada.

image

Algunos descendientes de las víctimas civiles de las bombas de gas mostaza en las aldeas del Rif crearon una asociación y mantuvieron viva hasta finales de los años noventa una reclamación contra España. Pero las autoridades españolas no se dieron por enteradas ni han reconocido responsabilidad alguna. Quizá sea una de las razones por las que, al tiempo que el nuevo rey Felipe VI de Borbón irá a Lieja a celebran el centenario de la Gran Guerra, se mantiene el secreto sobre la documentación de herencia envenenada.
La ‘Fábrica del Rey’, una herencia envenenada y secreta de la Gran Guerra

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s