La trampa de la competitividad por Manuel Moncada

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Solidaridad y competitividad conceptos y dimensiones contrapuestos de la realidad

“La familia, la escuela, los juegos, los medios de comunicación, las normas sociales y las metas que este modelo cultural nos obliga a imponernos nos empujan a una carrera sin fin por poseer, por acumular, por competir y sobresalir en todas y cada una de las facetas de nuestra existencia. Se nos enseña a despreciar o a ignorar el placer de hacer los cosas únicamente por el gusto de realizarlas, por la íntima o compartida satisfacción del trabajo bien hecho o por el esfuerzo realizado, siempre ese trabajo, esfuerzo o logro se medirá en términos de mejor o peor con el que otro ha obtenido o realizado; la solidaridad, la cooperación y la falta de agresividad son deslegitimadas y etiquetadas como obstáculos que estorbarán o impedirán ser “alguien” en la vida.…”. Joel Sangronis Padrón[1]

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El capitalismo con sus mil y un nombres, transfigura absolutamente todo lo que tiene o pueda tener a su alcance. Ello incluye no sólo lo estrictamente material, sino también lo cultural en toda su complejidad y, dentro de este campo tan abarcador, los diversos conceptos acuñados en función de designar la compleja realidad que envuelve al ser humano. Entre muchos, subrayamos, el concepto competitividad que ha cautivado, a estas alturas, a millones de personas de diversas concepciones y, particularmente, a muchísimas instituciones educativas del mundo, siguiendo así los preceptos neoliberales de la UNESCO.[2]

De paso, digamos que otro concepto desvirtuado por la esclavitud asalariada es el de productor, usado no sólo para hacer referencia al trabajador (hombre primitivo, esclavo, sirvo de la gleba, campesino, proletario con todas sus variantes -generador auténtico de toda riqueza social-) del campo, la ciudad y de otros ámbitos de la producción material, sino también al empresario capitalista que no produce un ápice de valor; ni paga ese valor creado durante una parte de la jornada laboral llamada trabajo adicional. Con él se queda, entonces, el empresario, por honesto que quiera ser o parecer. Se apropia, pues, de la plusvalía, un valor que sobrepasa siempre el propio valor de la fuerza de trabajo que, por lo mismo, no se remunera jamás.

En ello radica la esencia de la explotación del hombre por el hombre en el modo de producción capitalista. En el presente escrito, sin embargo, nos centraremos, en mostrar la contraposición entre solidaridad y competitividad.

1. Fenómenos y dimensiones de la realidad que se excluyen mutuamente

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Solidaridad y competitividad son fenómenos, conceptos y dimensiones que se excluyen mutuamente. El primero potencia al máximo las capacidades del ser humano; el segundo, por más que se pregone lo contrario, las reduce a su mínima expresión. El primero, busca incluir sin exclusiones a todos los seres humanos; integrarlos plenamente en la vida social; el segundo, enfrenta y margina a la inmensa mayoría de los mismos; los estima parias, seres inferiores, esclaviza siempre su fuerza de trabajo y domina sus mentes usando las ciencias, las tecnologías y todo el aparataje mediático[3] y cultural del que dispone el sistema capitalista global, sin excluir, para nada, el uso más brutal de la fuerza.                 

La solidaridad sirve de medio destinado a la búsqueda incesante de la felicidad de los seres humanos; la competitividad es la competencia misma vuelta un fin en sí mismo. No por casualidad se ha vuelto una obsesión, una suerte de pandemia mundial. Durante el capitalismo premonopolista, la competencia sirvió para promover el crecimiento constante de la productividad -que no es sinónimo de competitividad,[4] como tampoco ésta lo es de ser competente-;[5] ahora, la segunda se destina al empeño enfermizo de colocar cada vez más porciones de riqueza y  -de permitirlo los pueblos- la totalidad del planeta, en manos de las élites globales, una porción insignificante de la humanidad.

2. La competitividad es un hecho forzoso impuesto por las grandes corporaciones

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Que la competitividad funcione en los mercados globales y se adopte por todas las naciones, no es un hecho positivo, sino forzoso. Mientras esos mercados estén por completo monopolizados,[6] los países todos se verán arrastrados por ella, buscando su sobrevivencia, más que su desarrollo, porque ello reporta el único medio de intercambio que el capital internacional admite. Ello en razón de que le brinda a éste descomunales ventajas; sobre todo por el imperio del dólar,[7] una divisa nula que funciona como juez y parte en las transacciones internacionales y se mantiene a flote absorbiendo los valores reales creados por los llamados pueblos del Tercer Mundo y, ahora, de varios que se han tercermundializado en el primer mundo.[8]

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Derivado del hecho que la competitividad promueve una distribución cada vez más desigual e injusta entre los seres humanos, siguiendo a Thomas Piketty, el sociólogo panameño Olmedo Beluche sostiene que al medirse patrimonialmente, la riqueza, comprendida como “conjunto de bienes muebles e inmuebles privados netos”, se concentra de este modo: “en Francia, el 1% más rico de la población posee el 22% del patrimonio; en el Reino Unido el 30%; y en Estados Unidos el 32%”. Y sigue: “Si en vez del 1% se toma el décil más rico de la población tenemos que éste posee en Francia el 60% del patrimonio; en el Reino Unido el 70%; en Estados Unidos el 70%. Por [el]contra[rio], el 50% más pobre de la población de esos países sólo posee el 5%.” [9]

3. Necesidad de abrirle paso a un comercio no competitivo

Fuera de la aceptación forzada de la competitividad, porque las reglas del juego las dictan las grandes corporaciones del orbe, marcando los dados para sus propias conveniencias, los pueblos regidos por gobiernos progresistas y revolucionarios deben emprender los esfuerzos necesarios para, de forma progresiva, ir abriéndole brecha a un comercio internacional no competitivo entre las naciones, ello si la gravedad de los acontecimientos globales no termina, antes, en un holocausto nuclear que volatilice la existencia en el planeta.

Por otra parte, si la competitividad se impone como realidad por las corporaciones en el comercio mundial, nada debe impedir que, en el ámbito ideológico, se desate una contraofensiva contra ese pensamiento de corte estrictamente neoliberal. Aferrarse a ella, como valor omnipotente, es negar rotundamente la igualdad real entre los seres humanos, la hermandad y el amor como valores por excelencia entre ellos, así como a todos los seres que comparten con los mismos la tierra como madre de todo lo vivo que en ella existe. Más aún, sólo estos valores son capaces de conducir a los pueblos a preservar a plenitud el medio ambiente, mismo que brinda lo dignamente necesario para el bienestar de todas las criaturas del planeta.

Esa naturaleza competitiva que impera en el mundo -que desprecia profundamente los auténticos valores humanos-, como acusa con razón el padre Miguel D’Escoto Brockmann, ha hecho que el mundo pierda su espiritualidad:

“Lo que nuestro mundo ha perdido, pero ojalá muy pronto vuelva a encontrar, para su propia supervivencia, es la espiritualidad. […]Cuando esta falta, se atrofia, o simplemente no se desarrolla simultáneamente con las otras características humanas esenciales, el resultado es un ser inhumano, o una nación monstruosa, motivada solamente por la codicia de lo material y lista siempre, como los Estados Unidos de América, a cometer cualquier crimen para saciar sus desorbitados deseos de poseerlo todo y de someter a todo el mundo bajo su diabólica voluntad imperialista. El cosmos retrocede al caos y muy probablemente hasta la extinción de nuestra propia especie.”[10]

4. Espíritu de competitividad contagia gran parte del quehacer humano

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A nuestro parecer, el desmedido afán de conquistar naciones, riquezas, geografías; el propósito de un nuevo orden mundial para lograrlo, con un gobierno y un estado único; la acción de los diversos grupos terroristas como los que han completado la destrucción de Iraq como estado; la destrucción de Libia, Afganistán y varios otros países del orbe; la guerra imperial impuesta a Siria, país que resiste con asombrosa ejemplaridad los embates de mercenarios esencialmente foráneos; la guerra de Kiev (léase EEUU) contra los pueblos de Ucrania, particularmente contra los rusoparlantes a los que Poroshenko -mandatado por Obama- pretende aniquilar o avasallar para cercar a Rusia; el deseo imperial de emprenderla también contra China continental; los planes de torpedear los esfuerzos de unidad e integración de Nuestra América; las amenazas cada vez más abiertas contra las naciones de la misma que se rigen en correspondencia con sus propios intereses; y, ya no se diga, la autoproclamada exclusividad de EEUU como  nación, base para imprimirle carácter extraterritorial a las leyes de este país y, por lo mismo, para justificar de antemano las acciones más criminales, rapaces e inhumanas que registra la historia; todo esto -y mucho más- es inseparable del espíritu competitivo que contagia gran parte del quehacer humano. 

5. Competitividad y precariedad de la fuerza de trabajo

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Internacionalmente, el concepto del que estamos hablando, se presenta como sinónimo de calidad, eficiencia y cosas similares. Nada está más lejos de la realidad que esta presentación de la competitividad. Ésta está, indisolublemente, vinculada con competencia desleal, cálculo, ventaja, especulación, racismo, xenofobia, rapiña, apropiación de bienes, intercambio desigual, destrucción de naciones trampa, marrulla, intriga, infundio, servilismo, prepotencia, arrogancia, y “reconstrucción” inacabable de las mismas, etc., etc.  

Y, de una vez por todas, digamos lo que el capital entiende como lo medular de la competitividad: la desregulación, desreglamentación, flexibilización, precarización y un montón de términos que denotan esencialmente lo mismo: dejar al trabajador, por completo, sujeto a los propósitos del empresariado local o internacional; volverlo dúctil a las necesidades del mercado; privarlo de derechos laborales, prestaciones sociales; arrebatarle convenios colectivos y, por si fuera poco, reducir su salario (su valor como fuerza de trabajo), lo mayormente posible.

Citado por Jorge Parrondo, Bill Black acota  al respecto: “La Unión Europea invita a la clase obrera a tomar el camino de Bangladesh. Irlanda está bajando salarios para competir con Italia, pero Italia está bajando salarios para competir con España, pero España está bajando salarios para competir con Portugal, pero Portugal está bajando salarios para competir con Grecia.”[11]

En la misma tónica,Benjamín Bastida, plantea: La competitividad como objetivo empresarial ineludible enmascara el asalto del capital mundial en su conjunto y de cada una de sus fracciones para echar abajo las pequeñas pero importantes conquistas de los trabajadores y de las clases populares en períodos anteriores de la lucha de clases. Es la estrategia actual para recuperar y aumentar la tasa de plusvalía, de explotación: ser competitivo consiste en rebajar los costes salariales y deteriorar las condiciones de trabajo en un grado mayor que los contrincantes.”[12]

Compartimos la valoración que daba, en 2007, el teólogo Ildefonso Camacho: «competitividad es la palabra que mejor expresa […] la clave de todo el sistema de valores vigentes en nuestra sociedad: una concepción de la existencia donde el otro es vivido ante todo como obstáculo para mí (e incluso como potencial enemigo)».[13]

Igual hacemos con esta otra de Abaco en Red: “La cooperación genuina se disfruta, el competir provoca celos y malestar”.[14]

La trampa de la competitividad por Manuel Moncada

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