Despilfarro y “austeridad republicana”

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Portavoz de Ganemos Sevilla
Ricardo Marqués

En estos momentos en que desde la derecha económica se defiende la “austeridad” – concebida fundamentalmente como recorte de los servicios básicos del Estado – y desde cierta autoproclamada izquierda económica se propugna, como alternativa, la vuelta a un keynesianismo acrítico, que recuerda cada vez mas una vuelta a los “buenos tiempos” del despilfarro en la inversión pública que tanto ha contribuido a la corrupción y a la crisis económica que padecemos, resulta esclarecedor replantearse el papel que en el necesario cambio del modelo de gestión de la cosa pública puede jugar el concepto de “austeridad republicana”.

Por lo poco que yo sé, el concepto de “austeridad republicana” tiene su origen en el pensamiento político del padre de la patria Mexicana Benito Juárez y es un concepto de enorme arraigo, incluso hoy en día, en el pensamiento político de México. Tal y como lo formuló Benito Juárez, la “austeridad republicana” no es sino el compromiso ético por parte de los cargos públicos de hacer una gestión austera de los recursos públicos, en función sobre todo de las necesidades de la mayoría social y con renuncia expresa al enriquecimiento personal. El término “republicana” pues, hace mas referencia al respeto por la “res pública” que a una forma de gobierno determinada, aunque es de suponer que los ideales republicanos, antimonárquicos y anticlericales de Juárez pesaron a la hora de acuñar el término.

Nada tiene que ver, por otra parte, dicho concepto con el concepto de austeridad que maneja hoy en día la Troika, que no es otra cosa que hacer del Estado y, mas concretamente, de sus políticas sociales, un rehén de las deudas tanto públicas como privadas contraídas a consecuencia del despilfarro y la corrupción que suelen caracterizar la gestión de los recursos públicos por parte del estado neoliberal.

Por otro lado, con el paso de los años, los mecanismos de corrupción se han ido refinando hasta alcanzar una complejidad y una sutileza desconocida en los tiempos de Juárez. Del abuso de las prebendas que el cargo público conlleva se ha pasado a las “puertas giratorias”, pasando por los innumerables mecanismos de “mordida” en la concesión de obras públicas. De manera que el despilfarro en la inversión pública se ha convertido en la parte del león de la corrupción política, lo que exige una redefinición y una adaptación a los tiempos modernos del concepto juarista. 

Así que, sin eliminar por ello la necesaria austeridad en los sueldos y retribuciones de los cargos públicos de todo tipo, es preciso colocar la austeridad y el compromiso ético en la gestión y la planificación de la inversión pública en el centro del concepto de “austeridad republicana”. Ello es así porque, además de las mordidas ilegales, el propio despilfarro en la inversión pública, incluso en ausencia de contraprestación inmediata, puede tener una remuneración “en diferido” (por hacer uso de un concepto crecientemente popular) mediante prebendas concedidas una vez finalizado el mandato del político en cuestión: el conocido mecanismo de las “puertas giratorias”, contra el que es cada vez mas difícil luchar. Por ejemplo, es posible sortear las leyes que impiden la contratación de los ex-ministros como altos cargos de empresas privadas por el simple procedimiento de contratarlos como altos cargos de una filial extranjera, algo que ya ha sucedido en la persona de la ex-ministra de economía Elena Salgado, en la actualidad consejera de Chiléctrica, filial Chilena de ENDESA.

Y este es sólo uno de los mecanismos por los que la corrupción puede ser recompensada de manera totalmente “legal”. No es pues cuestión de hacer (solo) leyes anti-corrupción cada vez mas alambicadas, que a menudo solo sirven para que los corruptos ideen fórmulas igualmente alambicadas para esquevarlas. Es mas bien cuestión de compromiso ético por parte de los políticos y de actitud vigilante por parte de los ciudadanos. Y, desde luego, el mejor modo de evitar la corrupción ligada a las inversiones públicas es la austeridad en su gestión: donde no hay nada que morder no es posible la “mordida”. 

Por desgracia, no solo los políticos sino la sociedad española en su conjunto es bastante permisiva con el despilfarro en la gestión de la inversión pública, cuando no claramente favorable a él. ¿Cuantas veces hemos visto a políticos locales alardear de haber conseguido fondos públicos para inversiones claramente innecesarias o que se podían haber resuelto de otro modo mas económico con igual o incluso mayor eficacia? Y a la sociedad valorar esto positivamente, no como muestra de despilfarro en la gestión de los fondos públicos, sino de la particular astucia política del político de turno. España es un país que gusta de “disparar con la pólvora del Rey”, como si la pólvora del Rey no fuera en realidad la pólvora de todos.

Por poner un ejemplo políticamente incorrecto pero esclarecedor. Pocas inversiones han recibido mas alabanzas en nuestra ciudad (Sevilla) y generado mas envidia en las ciudades vecinas que la Línea 1 del “metro”. Una inversión de 650 millones de euros para generar una sola línea de transporte público altamente deficitaria (su mantenimiento tiene un coste anual para la Junta de Andalucía – es decir, para todos los andaluces – de 40 millones de euros, sin el cual el coste del billete se duplicaría) que se podría haber resuelto a un coste mucho menor mediante alternativas de transporte en superficie mucho mas ecológicas y menos costosas. De hecho, con la misma inversión o incluso menor se podría haber construido toda una red de tranvías o BRTs en plataforma reservada, que diera servicio a toda el Área Metropolitana. Pese a su alto coste, el proyecto vigente para el futuro del transporte público de la ciudad sigue siendo construir tes líneas mas de metro, con un coste similar para cada una de ellas. 

Con 650 millones de euros se podría, por ejemplo, rescatar de las manos de los bancos alrededor de 10.000 viviendas, para crear un parque municipal de viviendas de alquiler, tan necesario para paliar la crisis de las familias afectadas por las hipotecas, con un coste de mantenimiento mucho menor. Hubiera sido pues una buena muestra de “austeridad republicana” reorientar las inversiones previstas para la red de metro hacia otros objetivos socialmente mas urgentes y necesarios, satisfaciendo las necesidades de transporte público mediante otros proyectos menos costosos e igualmente eficaces. No obstante, pocos consensos hay mas arraigados, no ya entre los políticos, sino entre los propios ciudadanos de a pie que la “urgente necesidad” de abordar cuanto antes la construcción de la red de metro de Sevilla.

Pongo este ejemplo intencionadamente polémico para que se vea cuan lejos estamos todavía de la necesaria austeridad republicana en la gestión de los recursos públicos y, en especial, en la gestión de la inversión pública. Y cuan necesario es introducir  este asunto en el debate político.

Me gustaría que en estos tiempos en los que proliferan los “códigos éticos” para los cargos públicos, se incluyera en dichos códigos este concepto de “austeridad republicana”, convenientemente actualizado para tener en cuenta las nuevas formas de la corrupción. En lo que respecta a la inversión pública, el concepto podría definirse como “ser austeros y eficaces en la inversión pública para poder ser generosos en los servicios al ciudadano, como la sanidad, la educación, la atención social… etc.)”. 

Despilfarro y “austeridad republicana”

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