Esto es para ti, que temes a la vejez

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Por Rafael Narbona

Escribir es una partida rápida de ajedrez. El tiempo no te deja respirar. El tiempo te pisa los talones y te obliga a pensar deprisa. Sólo tienes dos o tres minutos para mover cada pieza. El rey sabe que no tardará en rodar por el tablero, ruborizado por la deserción de sus peones. Los peones son conspiradores que juegan al escondite inglés. Sólo pueden avanzar una casilla, pero cada movimiento es un ardid para alejarse un poco más. El rey se diferencia del resto de las piezas por su corona de espinas. Cada espina le recuerda su mortalidad. El rey cae abatido por la deslealtad de sus peones, que sólo codician ser reinas para reírse de su torpeza. Las reinas corren como la espuma del mar, mientras el anciano rey se ahoga en la diagonal. La muerte es lo inevitable, pero a veces lo inevitable resulta tan cruel que es imposible no cerrar los ojos y fantasear que la realidad sólo es un sueño abocado a desvanecerse con un improbable despertar.

Esto es para ti. Dentro de poco, no serás. Sólo quedará esto que escribes. Las palabras son los hijos que no has tenido. Las palabras duelen. Duelen porque han salido de ti. Pero las palabras no extenderán sus mano, cuando empieces a naufragar. Las palabras no te librarán de la soledad, la muerte y la vejez. Están dentro de ti, pero ya no te pertenecen. Pertenecen a un futuro que tú no verás. Se extraviarán en el olvido –como las de tu padre- o serán indultadas por un lector desconocido. No pienses demasiado en el porvenir. El porvenir es de las palabras. Tú sólo dispones del presente y el presente es una partida de ajedrez, donde apenas cuentas con dos o tres minutos para pensar la próxima jugada. El ajedrez sólo es un juego, que pretende actuar como una metáfora del existir, pero la vida tiene más de 64 casillas. La vida es un acertijo que nadie puede resolver. No caigas en el error de intentar comprender un misterio inabarcable.

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Esto es para ti. El tiempo que te resta lo necesitas para levantar la cabeza. Si no miras hacia arriba, te perderás el último estello de claridad. Tus ojos están llenos de oscuridad y la oscuridad no alivia la sed de los viejos árboles, que empiezan a morir por la copa. Un árbol moribundo no puede anhelar el compasivo silencio de los muertos. Los vivos piensan que el universo morirá con ellos, pero el universo no necesita ni a los vivos ni a los muertos. El universo se ríe cuando escucha hablar al hombre de la nada. La nada no es. La nada es una fantasía que se acuna en las palabras. La nada es un unicornio que intenta confundirse con los caballos salvajes, ignorando que sólo es un sueño a punto de borrarse con la aparición del nuevo día.

Esto es para ti porque aún estás vivo. A veces, lo olvidas, pero tu conciencia aún sostiene la brizna de tiempo donde acontece tu historia. Las palabras que aquí anotas son tu realidad, la única realidad que puedes habitar. En esa realidad nunca estás solo. Escribes para los otros. Los otros están dentro de ti. Los otros no te han dejado atrás. Se angustian cuando te quedas rezagado, respirando con dificultad. Te ofrecen su brazo para continuar, prolongan el  eco de tu voz, se cuelan en tu alcoba a media noche para comprobar que tu corazón no ha dejado de latir. Tus palabras durarán porque se las repetirán a sus hijos. Tus palabras no son tan efímeras como tu piel, que ya huye del mar, el aire y el sol. Ya notas el frío en tus huesos. El invierno ha puesto en fuga a la primavera, que se ha cubierto la cabeza con un pañuelo negro.

La vejez es una figura enlutada que llora sobre un sepulcro vacío. La vejez es una huérfana que camina descalza por una tierra yerma y sedienta. Los niños con muletas lloran al contemplar sus piernas deformadas, pues saben que ninguna princesa aminorará su paso para acariciarles el pelo y subirles a sus hombros. Los perros vagabundos han dejado de buscar una familia. Se han tumbado al sol, mostrando su cuerpo famélico. Sus ojos están a punto de convertirse en ceniza, pero en el fondo aún parpadea la esperanza, aguardando una mano que les ofrezca un poco de ternura. Pocas cosas nobles salen del corazón de los hombres, pero el amor nos redime de todas las imperfecciones. El amor es lo que acontece cada día. Nadie debería invocar su nombre en vano. El amor es un milagro, que habla al otro lado del teléfono, sin miedo a mostrar sus lágrimas. Sus lágrimas son el bálsamo de los ancianos. Sus lágrimas son el agua que hace florecer la ilusión en un corazón cansado.

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Morir puede ser el último acto de una función con un solo actor. Vivir puede ser un largo monólogo. Crees que hablas con los otros, pero los otros están detrás de una pared. Amar es un despilfarro, cuando nadie te corresponde, pero no permitas que el miedo te impida apreciar el afecto sincero. Los mensajes a veces se pierden en el camino. Los mensajes flotan en el aire o se doblan como un cucurucho, deslizándose por el angosto cuello de una botella vacía. No hay nada más desolador que asomarse por la cubierta de un barco y descubrir miles de botellas flotando a la deriva. El niño que llevas dentro sentirá la tentación de arrojar un salvavidas y rescatar una botella. El mensaje está lleno de amor, pero tus ojos fatigados necesitarán un esfuerzo para leer la letra de una niña, que derramó sus lágrimas sobre un papel encarnado.

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A veces piensas que nada es real, salvo la soledad, la muerte y la vejez. Cada revés te hace bajar un escalón más en un dolor que parentemente ya había tocado fondo. No tengas miedo a profundizar en el conocimiento de lo que eres, de los que has sido o de lo que serás. Esto es para ti porque los años han pasado y tus manos ya no se resignan a seguir vacías. Esto es para ti porque sigues escribiendo, a pesar de la incomprensión, el insulto y la calumnia. El amor verdadero ya lo tienes. No busques más y no te preocupes por lo que dejas atrás. Alguien lo recogerá y lo guardará. Después, se perderá. Como se pierde todo, como te perderás tú, pero siempre habrá alguien a tu lado para cerrarte los ojos. Al expirar,  una niña besará tus mejillas. Es su forma de darte la bienvenida y anunciarte que todo ha terminado y que por fin estás en el lugar donde la infelicidad ha sido desterrada para siempre. Esto es para ti porque a veces olvidas que aún estás vivo y no puedes descuidar las palabras que tiritan en tus manos como pájaros caídos de un nido. Estas palabras no dejarán de temblar hasta que les prometas un mañana. Ese mañana se lo darán los que te aman y lloran por ti.

Esto es para ti, que temes a la vejez

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