Lo que el fútbol debe aprender del ciclismo

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No engañar.
Mientras el ciclista trata de esconder su dolor de piernas, el futbolista finge sufrimiento para que le otorguen una falta. Mientras el corredor busca llegar siempre lo más rápido posible a la meta, el futbolista mata tiempo para que el marcador se conserve: camina lento ante una sustitución para provocar al rival, convence a los recogepelotas para que no entreguen la pelota en un saque de banda contrario y pide la camilla para que los segundos transcurran.

Decir la verdad.
Mientras los ciclistas aceptan el favoritismo o la falta de posibilidades antes de la competencia, los futbolistas del equipo ostentoso dicen que todos los partidos son difíciles y los integrantes del conjunto modesto aseguran que van a darlo todo. Aceptar las condiciones de superioridad e inferioridad no está en los planes de muchos. Además, los ciclistas confiesan el día en que van a atacar y los directores técnicos esconden la alineación hasta los últimos minutos del partido.

El resultado no es lo único que sirve.
Mientras los fugados que no terminan ganando son aplaudidos, los arqueros son silbados si en el último minuto del partido, después de atajar muchos balones, son cómplices de un gol. En el ciclismo son bien vistos los gregarios, los podios, las camisetas de la combatividad, los que les llevan hidratación a sus compañeros, los que terminaron una etapa a pesar de una caída. El premio al Juego Limpio en fútbol, por su parte, vale más que nada. Ser primero en esta disciplina es a veces tan importante, que hay técnicos y jugadores prescindidos por ser segundos. 

Los procesos se respetan.
Por lo general, los equipos World Tour les permiten a los nuevos tomarse un tiempo de adaptación. No hace falta que ganen etapas ni carreras en su primer año para que pongan en tela de juicio su fichaje. Gracias a la paciencia de los directores, incluso, algunos han dejado de ser gregarios y se han convertido en líderes, como el caso de Rigoberto Urán y Chris Froome. En el ciclismo no es prioridad mostrar cada temporada el grosor de la chequera, ni es tan importante el olor a nuevo ni el aroma a recién desempacado.

Un equipo no vale una vida.
Ni el Movistar, ni el Sky, ni ninguna escuadra cuentan con una barra brava que intimida ciclistas y aficionados rivales. En el ciclismo prevalece la individualidad y la nacionalidad (por eso los escudos no se besan, por eso nadie se hace matar por un equipo). Y eso no quiere decir que los aficionados en la carretera no puedan alentar a ciclistas de otros países. El hincha del ciclismo no exige, anima. No pide “huevos”, sino que aplaude el coraje.

El trabajo en equipo es más plausible.
Paradójico: los colores de un equipo no son la vida, pero el trabajo en conjunto es la vida de los ciclistas. Si las bielas tuvieran el individualismo del fútbol, un embalador cruzaría un sprint intermedio en una rueda o un escalador pasaría la meta parado en el sillín. Los lujos no existen en el ciclismo: solo el compañerismo, la solidaridad, el honor, el pundonor y el orgullo propio. Mientras Cristiano Ronaldo se enfadó la temporada pasada porque un pase de la muerte que iba hacía él lo aprovechó su compañero Álvaro Arbeloa, Rigoberto Urán se fundió en un abrazo con su coequipero Tony Martin porque asumió el liderato en la cuarta etapa del Tour de Francia 2015.

El público es importante.
No es común ver a un ciclista llegar a una meta, poner su índice en sus labios y pedirles silencio a los espectadores. Tampoco es recurrente que reten al público local. “Nosotros nos debemos a los aficionados”, asegura el español Jesús Hernández, del Tinkoff. Por esa razón los seguidores no tienen restricciones en el ciclismo: pueden ver a sus ídolos entrenando porque ninguno practica a puerta cerrada, pueden animarlos desde cerca y hasta darles hidratación durante la competencia. Los futbolistas, por el contrario, son cada vez más inalcanzables, más custodiados y más blindados de la humanidad.

La estética no está por encima del rendimiento.
El ciclismo no es el escenario para exhibir tatuajes, peinados, bronceados ni blanqueamientos. Sería muy extraño que Nairo Quintana gane una etapa de un Tour de Francia, se quite el maillot y muestre su cuerpo tonificado. La vanidad no hace parte del ciclismo. La prueba es que llegan a la meta estragados por el cansancio y orgullosos de haber terminado, pero no preocupados por un pelo mal peinado.

Las excusas en el fracaso no son válidas.
En la derrota, los ciclistas no le endosan la responsabilidad a factores externos como el clima, el terreno o el juez. Por lo general, aceptan la superioridad de sus contrincantes, como lo hizo Nairo Quintana con Chris Froome en el Tour de Francia 2015. Incluso, en el ciclismo aceptan las sanciones de las organizaciones y por más que discutan en el momento, los equipos no suelen tener la costumbre de apelar ante las entidades. 

Las decisiones del técnico no se discuten.
En el ciclismo, la soberbia y el ego se olvidan cuando un director ordena que se sacrifiquen por el líder del equipo: porque se cayó y deben regresar por él, porque falta poco para la meta y es necesario cortarle el viento, porque hay que llevarle la hidratación. En fútbol todos deben de saber que son sustituibles, que reprochar en cancha una decisión técnica está mal visto, que es inadmisible encarar al director por ser reemplazado, que es soberbio cambiar la estrategia del camerino en el túnel. El problema es que algunos olvidan estas leyes.

Fuente: http://www.senaldeportes.tv/content/lo-que-el-futbol-debe-aprender-del-ciclismo

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