De individuo liberal a individuo participante

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“” El individuo moderno liberal ha asumido las ideas de igualdad, libertad, autonomía, privacidad, con todo lo que ellas implican, como parte esencial de su ser y ha llegado a pensar que son parte esencial de todo ser humano.

No es capaz de verlas simplemente como lo que son: ideas.
Ideas que se han ido adquiriendo en un largo proceso de formación y que, seguramente, han respondido a algún tipo de necesidad histórica.
Este proceso es en sí irreversible, no podemos vivir la historia hacia atrás.
E igual que el adulto debe de aceptar que ya no es un niño, que el niño está dentro de él de otra manera, nosotros tampoco podemos pretender ser aquellos primitivos felices que vivían en armoniosas comunidades.
Esos primeros seres humanos, esas comunidades en las que vivieron miles de años, están seguramente dentro de nosotros, en nuestra piel, en nuestra memoria atávica, en nuestro inconsciente colectivo, pero no podemos volver a ser ellos.
Se fueron para siempre y su legado ha de reaparecer también de otra manera.

Ahora somos ante todo individuos y no creo que nos sea posible renunciar a nuestra individualidad.
Entre otras cosas porque esa individualidad significa también un grado de conciencia que dudo tuvieran aquellos felices antepasados nuestros.
Y la conciencia sólo puede crecer, nunca disminuye.

Una vez que hemos aprendido a ser conscientes de nosotros mismos, de nuestra individualidad,
¿cómo vamos a dejar de ser conscientes?
¿cómo vamos a dejar de reconocernos como individuos?

Una vez que hemos disfrutado de ciertos derechos individuales, una vez que hemos sabido lo maravilloso que es vivir en libertad,
¿cómo vamos a renunciar a ello?
¿quién, que haya podido conocer en sus carnes mínimamente la opresión, estaría dispuesto a renunciar a su querida libertad y aceptar cierto grado de opresión por un hipotético bien común?

Somos individuos.

Éste ha de ser nuestro punto de partida.
Ya hemos visto también qué significa ser individuos, hasta dónde se puede llevar la propia individualidad.
Este es el significado real del individuo liberal, el extremo de la individualidad.
Su concepción de la libertad, de la igualdad, de la autonomía, su deseo de privacidad, sus ambiciones… todo ello sólo conduce a ser más individuo, a romper más y más lazos que nos conectan con otras personas, con otros seres vivos, con la naturaleza en su conjunto.
Spinoza decía que está en el ser de todo lo existente el desplegar toda su potencia, el llegar a ser todo lo que puede ser, alcanzar sus límites, aunque esto le suponga, añadiría Marx, alcanzar ciertas contradicciones internas que han de conducir necesariamente a su destrucción, como paso previo para la creación de un nuevo ser, mejor adaptado a la realidad existente.

Pues bien, creo que el individuo moderno liberal está llegando ahora mismo a sus propios límites, está viviendo sus más fuertes contradicciones, las que necesariamente han de acabar con él, antes de que surja un nuevo ser, un individuo mejor preparado para los desafíos que nos presenta el futuro.

El ser humano no es un concepto terminado, algo dado hecho desde el principio.
Es puro proceso, puro devenir histórico.
En cada momento de la historia, en un proceso que para muchos es claramente evolutivo, el ser humano se ha mostrado de una manera diferente, adecuándose a las circunstancias históricas que requerían una parte u otra de su ser.
El individuo moderno no es más que una forma particular de mostrarse del ser humano, una forma adaptada o hecha para una historia particular, la nuestra, la de la civilización occidental.
Con sus virtudes y sus incoherencias ha cumplido su papel.
Ya no lo necesitamos.
Es el momento de explorar otras posibilidades, de avanzar otras ideas con las que llenar la carcasa vacía de un ser que necesariamente ha de superar ciertas creencias por las que siente mucho apego.

Nuestro punto de llegada, el individuo participante

La libertad defendida por la cultura dominante es una libertad para privilegiados, para quienes, por razones históricas o personales, cuentan con los medios necesarios para participar ventajosamente en el juego del mercado.
Es una libertad que ciertamente nos libera de la opresión externa y que nos permite reconocemos como individuos libres, pero también, al liberarnos de cualquier atadura externa, nos deja solos, solos y aislados, sin darnos las claves para reencontramos con los demás.
No nos libera, ni tiene intenciones de hacerlo, de la opresión interna, la que garantiza el control de nuestro ser por parte de la cultura dominante, impidiéndonos ver las esenciales conexiones que podemos establecer con los otros, la manera de romper nuestro aislamiento y recrear la comunidad.
No necesitamos ese tipo de libertad.
Podemos imaginar una forma de vida en la que la libertad se entienda, a la manera de los estoicos, como la sabia adecuación al acontecer de las cosas, o como el compromiso con los asuntos de la comunidad.
Una libertad que nos libera externa e internamente a la vez.

La autonomía individual, defendida por la cultura dominante, sólo conduce a una aceptación inconsciente de valores y normas propios de la mayoría, pensados para mantener sus privilegios. No la necesitamos. Podemos imaginar una forma de vida en la que el individuo y la comunidad se retroalimentan continuamente en un proceso abierto y permanente en el que se airean las diferencias, se aprecian y se valoran colectivamente; una forma de vida en la que la existencia de condicionamientos culturales no impida a las personas el poder explorar, consciente y activamente, los límites de su identidad individual y con ello contribuir a redefinir la conciencia colectiva, aumentando así su conciencia individual y la conciencia del grupo.

Por último, la supuesta igualdad defendida por la cultura dominante sólo sirve para ocultar las diferencias existentes, negarlas o reprimirlas, creando conflictos de difícil solución.

No necesitamos ser iguales de esta manera.

Podemos imaginar una forma de vida en la que se reconoce la diferencia en el mismo plano que la igualdad, como dos formas distintas de dirigir nuestra atención.
Lo que nos obliga a repensar nuestra manera de relacionarnos, de comunicar, de convivir, de ser unos con otros, y por tanto a vivir continuamente en proceso, a reconstruir nuestra identidad individual con cada encuentro, con cada interacción, sin que ninguna mayoría se halle detrás para apoyar nuestra pereza.

Esta forma de vida, en la que el individuo asume una libertad responsable basada en el compromiso, vive la diferencia como proceso de crecimiento y desarrolla la conciencia necesaria para explorar sus límites; esta forma de vida co-creada por un individuo que se descubre como ser relacional, participante, consciente, comprometido, igual y diferente, se llama comunidad sostenible.
Es el núcleo fundamental de la la sostenibilidad, expuesta en la segunda parte de este libro…””

Fragmento del libro –descargable en pdf-
“Camino se hace al andar. Del individuo Moderno a la Comunidad Sostenible. Manual para transicioneros”

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Escrito por José Luis Escorihuela, aragonés que, tras abandonar su cómoda profesión de profesor universitario de matemáticas, se fue a estudiar filosofía (y licenciarse) en La Sorbona de París.
Postgrado Internacional en Resolución de Conflictos (UOC).
Tras vivir varios años en una ecoaldea trabaja últimamente como facilitador de grupos.

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