​La Crisis Cofrade

Daniel Gutiérrez y Enrique Silva 

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Desde el año 2000, las hermandades han crecido económicamente de forma desmedida. El aumento de la subvención del Consejo de Hermandades y Cofradías y el incremento del número de nazarenos han permitido que las cofradías entren en una dinámica sin precedentes. En medio de la crisis, ¿quién mantiene realmente esta fiesta que no es de todos?

Capítulos:

*Semana Santa de Sevilla: la fiesta somos todos

*Las hermandades en la sociedad sevillana

*La razón de ser

*El dinero de las hermandades

*La gallina de los huevos de oro

*Cambio de manos y una ampliación

*Los mitos: la caridad y la ciudad

*¿Dónde están los periodistas?

Artículos de opinión:

*Del origen a hoy

*La ayuda que no se ve

*Cofradías y derroche

*No con mi dinero

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*Semana Santa de Sevilla: la fiesta somos todos

Así es como suele venderse la Fiesta Mayor de la ciudad. Una celebración abierta, donde caben todos y donde todo tiene su espacio. El silencio, la música, el color, la alegría y el llanto, la niñez y la senectud se dan la mano frente al Cristo dormido de la Universidad y caminan con el paso aligerado y la zancada alargada hasta la basílica de San Lorenzo. Duerme la memoria de la Semana Santa en el corazón de los cofrades, un poso de sentimientos, emociones, sensibilidades, risas y penas que renace bajo la luz de la primavera, con la primera caída de la rebequita y esa mirada aviesa precaria de calores. Los propios sevillanos muestran la escasa calidez que tanto prodigan —los sevillanos son finos y fríos, dijo Unamuno— en una fiesta donde contemplar es de ámbito público y participar queda restringido a esferas mucho más cerradas. Porque no es lo mismo ver cofradías que estar en una cofradía. Sin embargo, se acepta con naturalidad.

La espectacularización de la Semana Santa nació a mediados del siglo XIX cuando un duque con ínfulas de rey —la Corte Chica, llamaban a Sevilla— aprovechó el tirón capirotero para convertir la ciudad en un foco turístico interesante durante una época de estabilidad y bonanza económica prodigada a partir de 1850. Familias aburguesadas del norte de España —los Ybarra y los Bonaplata— y provenientes de Francia —los Peyré—, de Inglaterra —los Pickman— y de EEUU —Washington Irving— fueron las principales protagonistas, con sus intereses, sus inversiones y sus ganas de transformarse en sevillanos, en lo que más tarde vino a llamarse la Belle Époque. La Semana Santa que el homo hispalensis conoce no es otra que aquélla que se gestó hace 150 años, transformada en algunos aspectos, qué duda cabe, pero que mantiene patrones idénticos. ¿Cómo, si no, iban a llegar hasta Sevilla los hermanos Lumiére para grabar a la Estrella saliendo de San Jacinto? Este sueño de estabilidad que se encargaba de apaciguar el desasosiego español tras el desastre de Cuba terminó en 1914 y, de nuevo, la fiesta vivió uno de sus mayores declives hasta la llegada del nacional catolicismo.

La Semana Santa constituye el patrimonio inmaterial más valorado por los sevillanos, según indica Pedro G. Romero en su obra Sevilla Imaginada. “Vivir la Semana Santa de Sevilla no tiene precio”, indican algunos con sus comentarios en las redes sociales y blogs salpicados de preguntas etéreas. En siete días —ampliados al viernes y sábado previos— se concentra un cúmulo de inquietudes, nervios, preparativos, emociones y recuerdos que estallan como el naranjo en flor, que diría un pregonero ripioso. Lo que el espectador ve es la puesta en escena, un trampantojo barroco que enseña su mejor cara y es capaz de hacer olvidar todo el entramado que hay detrás de las bambalinas. Algunos, ingenuos, creen que aquello que pasa por delante de sus ojos es algo espontáneo o producido en pocos días.

La densa maquinaria que pone a rodar la Semana Santa conforma un engranaje engrasado, fruto de años de experiencia y de transformaciones, y la puesta a punto anual para que, llegado el día D y la hora H, todo pueda ocurrir según el guión previsto. Nada se deja a la improvisación en la Semana Santa. Según los doctores en la materia, existe en nuestros días un exceso de control y planificación. Quizá es que no cayeron en la cuenta de que la Semana Santa ya no es un sueño de la infancia donde el niño corre hacia el encuentro con la Virgen, atraído por un tronar de tambores de fondo. Aquella idea de Antonio de Montpensier de convertir la Semana Santa en un atractivo turístico y en un espectáculo de masas alcanzó su cénit en los años ochenta y noventa, y camina ahora por una senda de incertidumbre que podría bifurcarse entre la autodestrucción o la sobredimensión. Mientras se escriben estas líneas trasciende que se baraja la posibilidad de incorporar a la Hermandad del Cristo de la Corona al Viernes Santo. Con ella serían 61 cofradías.

Reconocer que la Semana Santa es un espectáculo —divino, si se quiere y con múltiples connotaciones a este adjetivo— es el puñal más doloroso que padecen los místicos que empuñan la espada en la defensa de un tradicionalismo arcaizante, una creencia tridentina y su propia imagen de la fiesta, toda revuelta y amasada. Para estos defensores del dogma popular que ellos mismos han inventado, dentro de la Semana Santa existen temas tabú que no deben tratarse jamás en público: ejercen con eficacia la censura, impiden que elementos extraños penetren hasta ellos, guardan con celo lo que no debe saberse y huyen de lo contradictorio, aunque vivan con ello. Los elementos mundanos que forman parte del espectáculo son el mal menor de la devoción y la creencia, como dijo Pedro Bohórquez, mayordomo de la Hermandad de la Macarena. Los ingresos y los gastos de las cofradías, los planes de comunicación, la estrategia y el marketing, los lobbies de presión, el poder fáctico, la empresa que vive alrededor de y que se mueve en la Semana Santa, las transacciones bancarias, la relación de bienes muebles e inmuebles, la burbuja inmobiliaria, la protección de datos. Son ejemplos del día a día cofrade, con el que se trabaja cotidianamente pero que, en absoluto, suele constituir noticia. Aunque desde luego, y más en los tiempos que corren, la economía de las hermandades es algo que debería importarnos a todos, sobre todo cuando ese dinero se da en forma de contribución generosa. ¿A qué se dedica el dinero de las hermandades? ¿Cómo se financian estas instituciones centenarias? ¿Cuáles son los gastos de una cofradía? ¿Existe una fuerte relación de las hermandades con los órganos de poder? ¿Perjudica la Semana Santa a las arcas de dinero público? En definitiva, una fiesta de todos, financiada por todos. Porque la fiesta somos todos

Al mandato de la Iglesia

Miguel Muruve, quien fue hermano mayor de la Cofradía del Gran Poder, llegó a Roma por esta cuestión. El cardenal Amigo decidió, en 1997, que desde entonces las hermandades serían asociaciones públicas de fieles. Nadie advirtió este extremo. El capiroteo vario estaba entretenido con una cuestión de segundo plano: las hermanas nazarenas que, por aquel entonces, era una fauna poco extendida por las cofradías.

Las normas diocesanas cambiaban el régimen jurídico y económico de las hermandades. Desde entonces, todas las cofradías quedaban sujetas a la autoridad eclesiástica para enajenar bienes, pedir préstamos bancarios y otras operaciones dinerarias. A no ser que se prevea otra cosa, una asociación pública legítimamente erigida administra los bienes que posee conforme a las reglas y bajo la superior dirección de Palacio. Y además, desde entonces las hermandades hablan en nombre de la Iglesia: era una forma de confirmar aquel “me pertenecéis aunque no queráis”. De este modo, se consiguió acabar con aquellos pleitos que las hermandades establecían contra la curia local en siglos pasados. Ahora todas son Iglesia, guste o no.

Claro. En este panorama, el obispo Asenjo Pelegrina permitió lo que, en adelante, sería una asenjada: “En las hermandades hay falta de eclesialidad”, dijo cuando los hermanos de la Esperanza de Triana se negaron a llevar a su Cristo del alma a la JMJ de 2011. Anteriormente ya había dicho aquello de “hermandades pobres pero libres” aunque, desde luego, el término pobreza no vaya de la mano de las cofradías, obviamente.

Entre tanto, a los capiroteros les metieron un gol por la escuadra. La Iglesia demostró quién era el dueño y señor del cortijo. Desde entonces se ha controlado cualquier gran proyecto que las hermandades fueran a acometer, desde un manto a una candelería, una restauración o una casa de hermandad.

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Las hermandades en la sociedad sevillana

Para conocer y comprender el pensamiento de Sevilla, de forma generalizada, hay que adentrarse en la complejidad de este entorno. En palabras de Rosamar Prieto-Castro, “las hermandades han articulado durante siglos, y hasta hoy, la sociedad sevillana”. El origen de la Semana Santa tiene diferentes comienzos. El nacimiento de la Hermandad de Jesús Nazareno en 1354 y el Concilio de Trento, a mediados del siglo XVI, son las dos posibilidades más fiables. Fue a partir de la segunda fecha cuando se dio en la capital hispalense un éxtasis cofradiero, especialmente con vistas a la evangelización de América. El barroco es el hábitat natural de la Semana Santa de Sevilla, hasta tal punto que las hermandades surgidas desde el principio del siglo XX y ya bien entrado el XXI continúan copiando los cánones de épocas pasadas. La manufactura de imágenes religiosas sigue realizándose en clave barroca sin esconder las vergüenzas que esto pueda ocasionar para el avance del propio arte. No existe ninguna otra rama del conocimiento que vuelva sobre sus pasos para nutrirse desde sus propias cenizas: un físico parte de Newton pero no se muere en él. Cuando Aníbal González comenzó su carrera como arquitecto en Sevilla se inició con obras vanguardistas y modernistas, ejemplificadas en las casas de la calle Alfonso XII. Pronto hubo de abandonar esta línea para apuntarse al carro del regionalismo, corriente de la que se convirtió en su arquetipo y que alcanza hasta nuestros días. El azulejo, mal entendido, ha hecho mucho daño a la estética sevillana y andaluza.

La llegada de la pseudo ilustración del siglo XVIII y la ocupación francesa del siglo XIX diezmó por completo las cofradías y las transformó. Algunas padecieron el expolio hasta el extremo y otras se convirtieron en el parque de recreo de selectas familias de la burguesía hispalense. A finales del siglo XIX, el duque de Montpensier había impulsado el Santo Entierro Magno celebrado en 1850 —y repetido en 1992—, y había revitalizado hermandades como Montserrat, la Carretería, La O, las Cigarreras, la Quinta Angustia o la Lanzada. Además, puso de moda la celebración del Rocío impulsando las hermandades de Triana y Villamanrique de la Condesa, apoyó la fundación de la Feria de Abril, así como el veraneo en Cádiz. Montpensier, llamado el duque naranjero por explotar la huerta de San Telmo, es la pieza maestra para entender las cofradías a día de hoy.

Fue a partir de esta época cuando aumentó el sentido social de las cofradías, la necesidad de adscribirse a una de ellas, de participar de sus actividades. José Luis Garrido Bustamante, en su obra Un viejo puñal cofrade, describe el ambiente cofrade de la Sevilla de finales del siglo XVIII, en plena efervescencia, que vio su renacimiento con la intervención del duque. Igualmente, fue en 1874 cuando el alcalde vasco de Sevilla, José María Ybarra —el de la naviera y la mayonesa—, instaló por primera vez los palcos del Ayuntamiento en la carrera oficial por donde discurren las cofradías.

Joaquín de la Peña, que fue secretario del Consejo de Hermandades, insiste en que, en la actualidad, las hermandades están sobrevaloradas con respecto a otras entidades civiles. Por su parte, Ernesto Vázquez, presidente del Foro Cardenal Niño de Guevara, comenta desde el sillón de escay de su despacho que “la más grande de las manifestaciones de Sevilla es religiosa y su carrera oficial es el espacio central de esta fiesta. Sin embargo, señala el elitismo de las cofradías, atendiendo al sustrato social del que se nutren y que éstas ya no articulan la sociedad sevillana. “Los hermanos mayores ya no son esas personas influyentes en los ámbitos del poder de la ciudad, como ocurría a mediados del siglo pasado. Al contrario, ahora es el entramado social el que ha copado las hermandades y éstas se mueven a merced de la gente, como grandes empresas que adaptan sus características a la demanda de los usuarios”, apunta Vázquez sobre la importancia de las cofradías. Manuel Román Silva, ex presidente del Consejo de Hermandades, insiste en señalar que “la repercusión social de las hermandades es mayor que la de otras asociaciones, y se puede observar cierto interés por parte de los políticos por instrumentalizar a las hermandades en su favor”

En este sentido, los representantes del Foro —“constituido desde hace siete años por personas de reconocido prestigio, emitiendo artículos y opiniones trascendentes para la ciudad”, según su propio presidente— defienden que las hermandades deben ser auténticas asociaciones de fieles, “cosa que ahora mismo no son”. Sin embargo, Manuel Román indica que “tan útiles son las hermandades que sin ellas se perdería una parte muy importante de catequesis, de acción social”. Jesús Creagh, ex hermano mayor de La Cena, apostilla la falta de eclesialidad de las hermandades, que apuntó en su día monseñor Asenjo, y apuesta por las hermandades como conductos para la fe y la formación cristiana de nuestros días. “Antes, la formación cristiana se encontraba entre la parroquia, el colegio y la familia; desaparecido este triunvirato, las hermandades deberían haber ocupado esta responsabilidad que no han sabido aceptar”. Desde el Foro insisten en que las hermandades son asociaciones de la Iglesia y hablan en nombre de ella, como así se indica en el Código de Derecho Canónico.

El cuerpo social de una hermandad está compuesto por sus hermanos. De entre ellos, se elige a la junta de gobierno, encabezada por el hermano mayor, encargada de conducir los designios de la hermandad durante tres o cuatro años, según las reglas. Por norma general, para acceder a un cargo de responsabilidad deben cumplirse unos requisitos de antigüedad en la nómina de hermanos y de edad. La junta de gobierno controla las decisiones del día a día y la gestión ordinaria de la hermandad, confecciona el presupuesto, controla las cuentas y representa a todos los hermanos. En corporaciones como la Macarena, el Gran Poder, el Cachorro y algunas más serias, como el Amor, Tres Caídas, el Silencio o el Santo Entierro, existe lo que se llama corporativismo: los hermanos cierran filas con su junta de gobierno y con más o menos empatía aceptan sus decisiones y salen al paso de sus tropiezos, indistintamente de la afinidad con quienes ocupan los cargos de responsabilidad. Es una cuestión de colocar la devoción por encima de todas las cosas y del carácter de los propios hermanos, algo que se configura con el paso de los siglos, de generación en generación. La junta de gobierno está controlada por el Cabildo General, que es la reunión en asamblea periódica —un hermano, un voto—, donde se fiscalizan las cuentas, se aprueban decisiones para las que la junta de gobierno no tiene competencias, se pueden modificar las reglas o hacer propuestas sobre el gobierno de la hermandad.

La dirección de las hermandades suele ser bastante endogámica. Es común que en todas las hermandades existan familias que controlan o ejercen presión para que se tomen ciertas decisiones, lo que hace que el avance en algunas corporaciones sea excesivamente lento. Llama la atención cómo más de la mitad de la nómina de las hermandades aún no tienen cuenta de Twitter o de Facebook porque los miembros de la junta de gobierno, o algunos hermanos con poder, no creen oportuno que éstos sean medios de información necesarios o útiles. Asimismo, los puestos en las juntas de gobierno suelen pasar de padres a hijos aunque existan elecciones libres a las que puede concurrir cualquier hermano que cumpla los requisitos. El efecto de la espiral del silencio funciona a la perfección en el seno de las hermandades e impide que hermanos de gran valía accedan a la gestión de las cofradías. Alberto Ybarra es el actual hermano mayor de la Archicofradía del Silencio, y anteriormente lo fueron su padre y su abuelo. Álvaro Montaño forma parte de la junta de gobierno de la Esperanza de Triana y su padre es uno de las grandes benefactores de la hermandad, además de dueño de una empresa aeronáutica. Ramón Pineda es hermano mayor de la Soledad de San Lorenzo y, antes que él, lo fue su padre. Los Mira —Santo Entierro— y los Abaurrea —Tres Caídas—, ahora emparentados, han colocado a Guillermo Mira como hermano mayor de la cofradía residente en la parroquia de San Isidoro. El hermano mayor de la Paz, Santiago Arenado, y el hermano mayor de la Vera Cruz, Francisco Berjano, son primos. Manuel García es un octogenario placero de la calle Feria, actual hermano mayor de la Macarena: su don de gentes, su fuerza dentro de la hermandad y haber sido concejal por el PP en el Ayuntamiento de Sevilla le ayudaron a llegar al máximo cargo de responsabilidad, a pesar de sus constantes enfermedades y de su avanzada edad.

“Hoy cualquiera puede pegarse en una junta diez o quince años, sólo basta ponerle mucho corazón”. Así de tajante se muestra Javier Solano, miembro de la cofradía de San Antonio Abad, preguntado por la altura de los dirigentes actuales de las cofradías. “Ya no hay altura de miras, no se piensa con vistas de futuro; prima lo inmediato, el ahora, indistintamente de las consecuencias y los efectos”, apunta. Manuel Román insiste en el asunto: “existe una falta total de identidad en las hermandades, hay algunos que no saben ni dónde se han caído”. Joaquín de la Peña añade que “cuando nosotros estábamos en el Consejo veníamos todos comidos y vestidos, nadie venía a beneficiarse de la institución para mejorar su prestigio”. En esta línea se muestra Jesús Creagh al afirmar que los hermanos mayores se han enajenado de lo que son las hermandades y que observa cierta “obsesión por salir a la calle y, además, con la aquiescencia de la autoridad eclesiástica”.

El lobby
Mucho se ha hablado en los últimos tiempos de los grupos de presión. Gente aburrida a la que le gusta influir en aquellos temas que son de su interés y que, curiosamente, son aquéllos que en su día sí que fueron piezas fundamentales de la Semana Santa. No soportan quedarse apartados de los centros de poder y necesitan estar en el candelero.

El que nos ocupa no es el tan traído y llevado lobby gay, ése que determina en gran medida la configuración estética de la Semana Santa. Esos señores, con independencia de su condición sexual, nadan en la superficie, centrando todas sus preocupaciones en la moda de los tocados, los bordados, las flores, las innovaciones estilísticas y poco más. El lobby que nos preocupa es el que pone sus vistas en cuestiones centrales de la fiesta: seguridad, dinero, ocupación de vía pública, carrera oficial. ¿Qué intereses puede tener el Foro Cardenal Niño de Guevara para emitir un artículo sobre la seguridad de la carrera oficial en plena efervescencia de su ampliación? Y además, con ponente estrella: Jesús Creagh, que recordarán por su comisionado en San Esteban, su mandato en La Cena y su intentona por acceder a la presidencia del Consejo. Si es por las urnas, es por la puerta de Palacio.

Según el propio Creagh y el presidente del Foro, Ernesto Vázquez, experto en foros y miembro de la Obra y del Rotary Club, su preocupación es que, llegado el caso de una hipotética tragedia en la carrera oficial, no salpique al buen nombre de la Autoridad Eclesiástica. Algo así como la guardia de corps de Asenjo. Por eso tienen la bendición del prelado y Abc de Sevilla cede sus páginas a este lobby que cuenta entre sus miembros con el cura Paco de los Reyes, pesos pesados como Ignacio Montaño, Juan José Morillas —fue candidato a hermano mayor de la Macarena— o Antonio Távora, quien prepara los viajes diocesanos a Roma y a Tierra Santa.

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La razón de ser

“Las hermandades no son ONG como se intenta hacer ver ahora; sufren un proceso de secularización que intenta eliminar su sentido de existencia: el culto”. Son las palabras de Javier Solano. Todos los entrevistados han puesto el énfasis en este aspecto. Desde la sociedad se demanda que las cofradías se conviertan en entes sociales, como han indicado desde el Foro Cardenal Niño de Guevara, sin olvidar su primordial fin que es el culto a Dios. “Para eso se constituyeron y para eso tienen que existir, lo demás es accesorio”. Incluida la caridad.

El culto en las hermandades se manifiesta en sus expresiones de piedad popular, que llegan a la explosión durante la Semana Santa con las procesiones. La ciudad se llena de ríos de luz y música procesional, conformando un espectáculo único en el mundo comparado con otro tipo de manifestaciones públicas como la peregrinación a La Meca, el Rocío o el Carnaval de Río de Janeiro, salvando las distancias.

Los motivos generales que llevan a inscribirse en una hermandad suelen ser la tradición familiar, la sentimentalidad transmitida por la puesta en escena de la hermandad en la calle, los vínculos de amistad o la impronta de la propia hermandad. Después, en un segundo plano o mezclada con el sentimiento, está la devoción a la advocación del Cristo o de la Virgen. En algunos ámbitos se ha detectado cierta idolatría hacia las imágenes. “Si la imagen de la Macarena desaparece, yo me borro de la hermandad”, asegura su mayordomo. Pero sólo es un ejemplo entre miles. Cuando tras la Guerra Civil desaparecieron un gran número de imágenes por la quema de las iglesias, muchos sevillanos abandonaron las corporaciones a las que pertenecían por la ausencia de la imagen de sus amores. La enorme carga de fuerza que tienen las propias imágenes sagradas y la impronta de cada hermandad en la calle es lo que constata que la procesión anual es, con diferencia más importante de cuantos cultos celebran, por encima de la fiesta de instituto, donde los hermanos renuevan sus promesas y juramentos sobre los Evangelios y las reglas.

Una parte muy importante de los presupuestos de las hermandades se destina a sus salidas procesionales y, especialmente, al mismo patrimonio que ponen en la calle. Existe cierta seña de identidad que permite identificar a cada hermandad según su patrimonio sin que esto sea extraño, incluso asociar a ciertos artistas y artesanos con corporaciones, en función de las obras que hayan ejecutado para ellas. Rodríguez Ojeda y la Macarena, Morillo y la Esperanza de Triana, Olmo y El Silencio, Martínez Montañés y Pasión, Juan de Mesa y el Gran Poder, Ortega Brú y Santa Marta, Paquili y El Cerro, Guzmán Bejarano y sus cuantiosas canastillas. Son algunos ejemplos de este parentesco y la relación económica que existe de fondo, obviamente.

Las cuentas claras

Muchos sevillanos se jactan de ser muy cofrades. Están los que nacieron bajo el arco de la Macarena o encima del puente de Triana, tenemos a los que tallaron al Gran Poder, los que crecieron en San Antonio Abad y a los defensores del dogma, que son como los protectores del vínculo pero en clave capirotera. Sus vidas comienzan el Domingo de Ramos y termina en la entrada de la Soledad de San Lorenzo. El Resucitado no forma parte de sus esquemas.

Sin embargo, son más capiroteros que hermanos. Ya no hablemos que cristianos o católicos. Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando. La inmensa mayoría de los miembros de las hermandades no saben qué es el Cabildo General de Cuentas ni conocen los saldos de sus cofradías. Ni les interesa. Ellos lo único que quieren es que los pasos estén montados el día de la procesión, la banda esté esperando en la puerta, el recorrido sea como siempre y que no llueva. Porque si llueve dejan de ver las cuentas claras.

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El dinero de las hermandades

Poner una cofradía en la calle no es precisamente barato. Ismael Gutiérrez, músico de la Banda de Cornetas y Tambores de las Tres Caídas de Triana, indica que una banda de este estilo puede costar alrededor de 3.000 euros para recorridos cortos. Igualmente, una formación de música profesional puede rondar los 4.000. Si a esto le sumamos un gasto parecido en flores y el precio de la cera, que puede estar a siete euros el cirio, como muy barato, poner una cofradía en la calle cuesta en torno a 20.000 euros, siempre que lleve música. Como norma general, el gasto puede aumentarse hasta los casi 30.000, por lo que el presupuesto procesional fluctúa en una horquilla de 10.000.
Los principales ingresos de una hermandad son las cuotas de los hermanos, que se pagan anualmente —y que son conditio sine qua non para poder participar de la estación de penitencia—, el dinero recaudado por las papeletas de sitio para formar parte de los cortejos, la subvención del Consejo de Hermandades y otros ingresos en concepto de mecenazgos, patrocinios, limosnas, donativos, etc. De estas cantidades, las cofradías tienen que vivir cotidianamente —pagar luz, agua y material de secretaría—, llevar a cabo sus fines —altares de culto, cursos de formación, caridad—, mantener y aumentar el patrimonio y ponerse en la calle.
Al ajustar las cuentas a algunas hermandades, el resultado no cuadra. La cofradía de Jesús Despojado, como la del Carmen Doloroso y la de las Siete Palabras, ingresa alrededor de 8.000 euros a través de la papeletas de sitio, muy lejos de la cantidad que cuesta ponerse en la calle. Por debajo de los 10.000 en concepto de papeletas de sitio se encuentran cofradías como el Polígono San Pablo, San Esteban, la Carretería o los Servitas. Pero no llegan a los 20.000 algunas como los Javieres, San Roque, Montserrat y Montesión —con sede propia—, la Exaltación o la Trinidad y la Resurrección. “Con una subvención también monto yo una cofradía”, comenta Javier Solano en alusión a la cuantiosa cantidad insuflada a las cofradías como subvención por la explotación de las sillas y palcos de la carrera oficial que lleva a cabo el Consejo de Hermandades. A un tercio de las hermandades que procesionan a la Catedral no le sale las cuentas, de no ser por esta subvención que en 2012 fue de 31.159,08 euros para aquellas cofradías que lo hiciesen con dos pasos.

La caridad por regla


Y en la regla. Pero nada más. Examinadas las reglas de las hermandades, el dato salta a la vista: la junta de gobierno determinará la cantidad que se destina a obras asistenciales, de caridad o acción social —según lo progres o conservadores que sean en cada hermandad, así se denomina— el porcentaje que estime necesario de los ingresos ordinarios. Menos mal que las subvenciones son consideradas ingresos ordinarios. Algunas hermandades, las más osadas, han establecido un mínimo, el 10% de esos ingresos ordinarios. Toda una heroicidad.
Aunque el fin primigenio de las hermandades no es la caridad sino el culto, para eso fueron creadas y para eso existen, no está de más que de entre la ingente cantidad dineraria que reciben a modo de dividendos de la carrera oficial, algo, aunque no mucho, se destine a los que nada tienen. Lo más común: recoger comida, ropa usada y juguetes para repartirlos, alguna visita domiciliaria y la técnica del cheque. Nada de justicia social que eso es muy marxista. Con el “siente usted un pobre a su mesa en Navidad” es suficiente. Algunos lo llaman caridad de la posguerra.
Las hermandades están obligadas a contribuir con el Fondo Común Diocesano —la alcancía de la Iglesia— anualmente. Sólo 23 hermandades dieron su aportación. Será lo que dice monseñor Asenjo, que están faltas de eclesialidad.

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La gallina de los huevos de oro

En 1979 el primer Consistorio de la democracia tomó una decisión que cambió la historia económica de las cofradías hasta hoy. El Ayuntamiento decidió ceder la gestión de la carrera oficial al Consejo de Hermandades y que directamente desde allí se produjese la distribución de ayudas a las cofradías. Se instauró el concepto “de las cofradías y para las cofradías”, como señala Manuel Román. Antes de este cambio la gestión era un auténtico caos, según Rosamar Prieto-Castro: desaparecía dinero, había disputas con los silleros, las responsabilidades últimas eran del propio Ayuntamiento, etc. Lo que en 1874 comenzó siendo un negocio municipal, un siglo después se privatizó con el beneplácito de todos.
No obstante, la gestión no varió mucho. Desde 1979 hasta el propio año 2000, la gestión y organización de las sillas la llevaron a cabo cuatro personas, los conocidos silleros, quienes se llevaban el montante calentito de los beneficios de la carrera oficial. El expolio no se había limitado. El Consejo recibía cada año una cantidad fija que repartía entre las hermandades de penitencia, mientras los silleros explotaban el negocio. Justamente, como dato que cabe destacar, en 1999 los silleros pagaron al Consejo de Hermandades 109 millones de pesetas, cantidad que amortizaron con la venta de algunos sectores de la carrera oficial. El resto del importe se obtuvo limpio.
Manuel Román, que antes de presidente fue tesorero del Consejo en el período comprendido entre 1996 y 2000 de la mano de Antonio Ríos, se percató del suculento negocio que las hermandades estaban dejando escapar. “Los tesoreros han querido mejorar la situación económica de las hermandades con respecto a las anteriores”, comenta Jesús Creagh, quien también perteneció al Consejo cuando su presidente era José Carlos Campos. “Había que generar el mayor número de ingresos para contentar a las hermandades”, sostiene.  Manuel Román lo confirma al asegurar que “en el período entre 1996 y 2008 lo que se pretende es gestionar mejor para dar más beneficios a las hermandades”. En este sentido, este boticario de la Puerta de Carmona se atribuye la autoría del cambio de gestión de las sillas, lo que el periodista Juan Parejo denominó ‘De los silleros a la autogestión’.
En el año 2000, el equipo encabezado por Román y compuesto por Eduardo del Rey como vicepresidente, Juan Ramón Cuerda Retamero en la tesorería y Joaquín de la Peña como secretario, ya tenía planeado en su hoja de ruta tomar el control total de la carrera oficial. “Se llega de una forma gradual”, indica Román. La primera fase, según las cifras proporcionadas por Joaquín de la Peña, fue conseguir la base de datos de los abonados a las sillas y comenzar a armar toda la infraestructura de gestión que la carrera oficial precisa. El coronel de guardia fue el cuñado de Manuel Sainz, gerente del propio Consejo y director de la Cabalgata de Reyes del Ateneo. Pedro Lissén llevó la voz cantante en la gestión de las sillas y los palcos, con el visto bueno del tesorero.
En los años que abarcan hasta 2004, la gestión de la carrera oficial fue compartida con Arcasur (Arquitectura y Catastros del Sur), empresa propiedad de Francisco Montero, uno de los antiguos silleros. Al año siguiente las sillas fueron gestionadas en solitario por el propio Consejo de Hermandades. Se contrató a Sifima (Sillas de Fiestas Mayores) para la logística de los asientos. “Esta empresa es un desastre, hasta el año pasado no nos dieron de alta en la seguridad social, siempre había problemas de reventa y los trabajadores, en su mayoría, son gente problemática”. Es el testimonio de uno de los trabajadores de la empresa de sillas y que prefiere mantenerse en el anonimato. “Durante la Semana Santa de 2013 no se contrataron acomodadores, por lo que ese trabajo lo tuvimos que realizar nosotros por el mismo sueldo, además de quitarnos la dieta que cubre la cena del Jueves Santo a la Madrugada; ese dinero que se ha ahorrado el Consejo se ha destinado a la organización del fallido Vía Crucis del Año de la Fe”, confirma el empleado. Lo más probable es que ya nunca más se vuelva a contratar a la empresa de acomodadores, visto el resultado y el ahorro, señala avergonzado e indignado.
Por otra parte, los precios de una silla no han parado de crecer desde 1999 hasta hoy. Habiendo comparado el coste de una localidad en el Zona 1 de La Campana, en catorce años la silla se ha encarecido por encima de los 60 euros, mucho más que la subida del IPC anual. Sin embargo, la lista de solicitudes para obtener la adjudicación de una silla no para de crecer año tras año. A los sevillanos parece no importarles cuán caras son las localidades y es que en los pleitos de divorcio, según indica el letrado González Escobar, la propiedad de las sillas también se discute, así como el pase de verano del Club Labradores o la titularidad de la caseta de Feria. Manuel Román es tajante en este asunto comentando que “la explotación de las sillas y palcos es un patrimonio de uso y no particular”. Con esto también se refiere a todos aquellos abonados que renuevan anualmente sus pases y después no acuden a sus localidades o aquellos otros que usan las sillas para revenderlas y hacer negocio particular con ellas.
La carrera oficial es un negocio redondo, en todos los sentidos. 3.579.604,44 euros. Es la cifra aproximada que genera de forma bruta la carrera oficial, tomando como referencia el número de sillas instaladas en 2006 y los precios de 2013. Se han calculado medias: una silla en La Campana cuesta de media 132,91 euros; en la avenida de la Constitución, 103,03 euros; en Sierpes, 117,08 euros; en Virgen de los Reyes, 67,54 euros; en un palco de San Francisco, tiene un valor de 109,96 euros y en los palcos de la Avenida, un coste de 115,94 euros. De la cantidad total, se deduce que las hermandades que procesionan a la Catedral se llevan un poco más de 1.869.544,8 euros, a lo que hay que sumar las ayudas a las hermandades que no procesionan al primer templo hispalense, las subvenciones a las hermandades de gloria, el dinero que se queda el propio Consejo para su gestión y el poquito que se ahorra —pasados los años puede superar los 250.000 euros como ya pasó en su día—, un total que supera con creces los 2 millones, por lo que se deduce que los gastos de gestión de la carrera rondan 1,5 millones.
Estos datos no han sido facilitados por el Consejo o por alguna de las Hermandades. Están basados en las declaraciones de las fuentes consultadas. La postura de quienes dirigen el Consejo de Hermandades es no indicar cifras, porque estiman que “el dinero de las hermandades no le interesa a nadie”, según señala el tesorero actual de la institución.
¿Para qué tanto dinero? “Había que asegurar las estaciones de penitencia, mejorar el culto, engrandecer el patrimonio e invertir en caridad”, es la respuesta de Joaquín de la Peña. “Desde luego que el dinero es excesivo, no sé cuánto reciben ahora de subvención pero es posible que las hermandades se hayan visto desbordadas ante tanto dinero y no hayan sabido qué hacer son eso”, asiente Manuel Román preocupado ante la tónica de gasto actual.
Las hermandades han pasado de plantearse, año tras año, si podían realizar sus estaciones de penitencia a contratar productos financieros y suscribir hipotecas millonarias —caso de San Bernardo o la Esperanza de Triana— gracias a la subvención. “Por supuesto que se ha producido un boom inmobiliario en las hermandades muy parejo al de la sociedad. Es triste ver hoy una casa de hermandad vacía. Quizá en los setenta y ochenta sí era necesaria una sede amplia donde los cofrades pudieran reunirse. Hoy eso se ha sustituido por el foro, la red social o el bar cofrade de cada esquina”, apunta Román. Gracias a la colaboración de Ignacio Borrallo se ha podido constatar cómo desde el año 2000 en adelante han aumentado los grandes proyectos, no sólo la compra y construcción de casas de hermandad sino también el nacimiento de nuevas obras de arte, como mantos, varales, pasos, enseres de culto, pinturas, azulejos, etc. El director de la sucursal de CaixaBank en la avenida Eduardo Dato señala que los requisitos para la concesión de una hipoteca son la solvencia —no tener otras deudas— y la capacidad de pago, es decir, el número de hermanos que pagan y la subvención del Consejo, que todas las hermandades incluyen como ingreso ordinario.
¿Qué ocurriría si la subvención dejase de existir? Isidro Jiménez, mayordomo de San Esteban, asegura que habría que recortar en algunas partidas pero que saldrían adelante. Por su parte, el mayordomo de la Carretería, Santiago Bendala, reconoce que “la subvención es un ingreso muy importante, pero que es optimista”. La tónica general, al ser preguntados los protagonistas del dinero de la Semana Santa, es que se puede vivir sin la subvención. Sin embargo, nadie está dispuesto a rechazarla, nadie la destina en su integridad a obras de caridad —excepto la hermandad de Pasión, que ha montado una fundación asistencial con este dinero— y algunos señalan que “quien no quiera el dinero, que me lo mande a mí”, como apuntaron algunos hermanos mayores en la asamblea en que se propuso rechazar la subvención para crear una obra social conjunta entre hermandades.
El eje central de la economía de las hermandades nace en sus procesiones y muere en ellas. Aunque Ramón Pineda, ex hermano mayor de la Soledad de San Lorenzo sentencie aquello de que “nos vemos porque salimos, no salimos para que nos vean”, lo cierto es que ponerse en la calle es el modo de existencia de muchas cofradías que, de otra manera, ya se habrían extinguido. Cuando ya se marcha hacia la parroquia donde imparte cursillos matrimoniales, Joaquín de la Peña asegura que “lo normal es que ya hubieran desaparecido algunas, no es lógica la sobredimensión de cofradías y que todas busquen el mismo modelo de financiación”, refiriéndose a la carrera oficial como negocio central.

Carrera de obstáculos

Román and company querían más dinero porque el que los silleros les daban no era suficiente. Pero, ¿para qué? Lo primero era asegurar el culto. Aquellos antológicos cabildos de salida —asambleas donde se decidía si ese año se procesionaba o no— había que erradicarlos. Quedaron para el recuerdo. Se siguen haciendo a modo informativo. No hay impedimento —Dios mediante— que obstaculice la salida procesional. Además, había que dignificarlo, tanto interna como externamente. Era necesario elevar altares de épocas pasadas para mayor gloria de ¿Dios nuestro Señor? y del propio prioste, claro está.
El segundo escollo que había que salvar era la mejora patrimonial. Había cofradías que en la calle daban pena. No es que fueran museísticas, eran reliquias en descomposición. Había que remozar pasos, restaurar tallas, comenzar a celebrar aniversarios por todo lo alto, coronaciones —desde el 82 aquello fue un no parar— y lo que esto implica, nuevos bordados, pasar a nuevo terciopelo los antiguos, etc. Además, está de por medio el consabido “con estos encargos se mantienen oficios tradicionales y los artistas también tienen derecho a comer”. Artistas subvencionados o entidades subvencionadas que den trabajo a estos artistas, que lo mismo es.
Y después vino la caridad. Cubiertas nuestras necesidades materiales y espirituales, al gabinete de Román se le ocurrió aquello del Libro Blanco de la Acción Social. Resumiendo: querían voluntarios que fueran al Polígono Sur, vulgo Tres Mil Viviendas, y pusieran en práctica, in situ, la justicia social. Socialdemocracia burguesa de primera mano. Maruja Vilches, con la connivencia de los hermanos mayores y la técnica del cheque, invirtió el proceso. ¿Para qué vamos a ir nosotros allí, con lo lejos que está ese barrio y lo feo que es? Nada, nada. Mejor nos traemos a los niños al pie de la Giralda, les ponemos unas sillitas en la calle Sierpes y los montamos en una carroza de la Cabalgata del Ateneo, y así eliminamos el agravio comparativo. Por cierto, esta maniobra sirvió, entre otras cosas, para seguir invirtiendo en patrimonio.

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Cambio de manos y una ampliación

¿Qué ocurriría si la carrera oficial volviera a manos del Ayuntamiento, a una situación anterior a 1979? Los hermanos mayores no quieren ni pensarlo. “El modelo funciona, cambiarlo sería un error”, apunta Domínguez del Barco, regidor de la Estrella. Por otro lado, el hermano mayor de las Tres Caídas precisa que “la evolución ha sido la contraria, del Ayuntamiento a las hermandades, que son las protagonistas y todo el beneficio debe recaer sobre ellas”. Manuel Román aumentó el negocio sin miedo a que se lo arrebatasen, a pesar de las advertencias públicas de Domínguez Arjona. Pero que a nadie se le olvide, “la carrera oficial está en suelo público y las hermandades deben atenerse siempre a las directrices del Ayuntamiento”, zanja Rosamar Prieto-Castro. Ella pensó, en algún momento, recuperar la gestión de las sillas pero parece que desde la propia delegación la disuadieron de su idea. ¿Motivos? Los de siempre: aquello era un caos, son quebraderos de cabeza para todos, no es rentable, etc. Sea como fuere, Prieto-Castro nunca se decidió a acometer ese cambio de manos que tan fructuoso podría haber sido para las arcas de la ciudad de Sevilla. ¿Tanto poder acumulan las hermandades que impiden a los ediles acometer las reformas necesarias para mejorar la gestión de la ciudad, como la subida de tasas de ocupación de la propia carrera oficial, hecho ocurrido el 31 de diciembre de 2012, o frenan un cambio de manos, cuando esto favorece, claramente, la economía de todos los sevillanos?
Los datos confirman que el Ayuntamiento está de sobra preparado para montar y gestionar las sillas y los palcos. ¿Por qué no lo hace? Nadie lo sabe. Conocer el mismo presupuesto que sale de las arcas municipales para la organización de la Semana Santa es toda una incógnita. Parece existir cierto interés por que los ciudadanos no conozcan ni se interesen por estas cantidades, de tal modo que lo que antes costaba 80.000 euros —mover los quioscos situados a lo largo de la calle Sierpes—, ahora tan sólo cuesta 8.000. Con un ágil cambio de dedos puede desaparecer un cero. Tan sencillo. Ni desde Fiestas Mayores ni desde Hacienda sueltan palabra sobre cuánto toca poner a cada sevillano para esta fiesta que, al final, somos todos, indistintamente de nuestro credo, raza o procedencia. Todo a favor de la ciudad. Según el informe de impacto económico realizado en 2010, de las arcas municipales salen 5,25 millones de euros, más los 3,5 que se dejan escapar de las sillas. El invento nos sale por casi 9 millones. Una cifra nada despreciable en los tiempos que corren. Y aunque la carrera oficial sea de las hermandades y para las hermandades, atendiendo al ciclo histórico de la misma, durante un siglo ha sido un negocio en manos de una institución pública que se privatizó de una forma poco clara —¿por qué se le concedió la gestión a esos cuatro silleros o por qué el Ayuntamiento no hizo nada por mejorar las deficiencias en lugar de traspasar competencias?—, en detrimento de los ciudadanos. En una época tan difícil como ésta, no está de más ir recuperando los recursos perdidos, como puede ser, en este caso, la carrera oficial, y crear un modelo de gestión transparente al que todos los ciudadanos tengan acceso.
Eso supondría volver a subvencionar a las hermandades desde el ámbito público, aunque De la Peña remarque que, entonces, “el Ayuntamiento se convertiría en promotor de actividades religiosas” cuando, en realidad, ya lo es. Que la Semana Santa es un fructuoso negocio para los sectores económicos estratégicos de la ciudad, como la hostelería y el turismo, no lo duda nadie. Pero no se entiende por qué este negocio —del que los místicos no quieren oír ni hablar— tenga que ir en detrimento de otra parte de los ciudadanos. Basta una serie de cálculos aproximados para deducir que alrededor de medio millón de habitantes está relacionado con la Semana Santa, directa e indirectamente. Es una cifra que se encuentra sobredimensionada, tomando como referencia el número de nazarenos de la Semana Santa de 2009, cuando fueron contados por Jiménez Sampedro. Y está aumentada porque la cifra total de nazarenos no se corresponde con el número de individuos que pasan por La Campana: es común en Sevilla participar de dos o tres cofradías a lo largo de la semana. Este número de nazarenos fue multiplicado por tres —normalmente, el número de nazarenos corresponde a un tercio del número de hermanos que pertenecen a la hermandad— y, de nuevo, multiplicado por cuatro —número de familiares—. A pesar de estar muy sobredimensionado, aún hay doscientos mil sevillanos que nada tienen que ver con la Semana Santa y que están obligados a sostenerla, por impuestos directos o por dinero que el Ayuntamiento deja de ganar.
Además de que las hermandades ostenten la sartén por el mango en esto del negocio, son las que marcan los tiempos de la ampliación de la carrera oficial y la seguridad del recinto. Gonzalo Crespo, delegado anterior a 2007, ya se había propuesto ampliar el recorrido oficial unos metros, pero pinchó en hueso. Rosamar Prieto-Castro se lo propuso con tenacidad aunque sus logros no fueron mayores que los de su antecesor en el cargo. Rosamar quería ampliar las sillas para que allí se sentaran personas discapacitadas, sin recursos para sufragar una silla o, incluso, quedando de pie como ya ocurría hace algunos años en la intersección de la Plaza Nueva con Avenida de la Constitución. Tras la idea de la ampliación existía un rédito político: ampliar el privilegio social de sentarse en una silla para ver pasar nazarenos, algo que termina repercutiendo favorablemente al partido de turno en las urnas. “Algo consolidado en dos o tres años en Sevilla es ya algo de toda la vida y muy difícil de cambiar”, se ríe Ernesto Vázquez. Prieto-Castro consiguió que su benefactor Juan Salas —presidente de la Fundación Nao Victoria y consuegro de Amparo Rubiales— pusiera el dinero para mover el monumento de Colón de la Catedral y el Giraldillo del atrio de la Puerta de San Cristóbal. Con lo que no contó la ex delegada es con que las hermandades no estaban dispuestas a recorrer algunos metros más a cambio de cero euros.

Cuando las hermandades se cerraron en banda, Prieto-Castro jugó sus mejores cartas. “Fue una estrategia”, reconoce. En 2008 se cumplió el acuerdo de cesión del suelo público. La titular de Fiestas Mayores le dio un año al entonces presidente de la institución cofradiera, Adolfo Arenas, para que se lo pensase. Las cofradías estuvieron explotando la carrera oficial cuatro años –desde 2008 a 2012- sin acuerdo de ningún tipo. No es que no se ampliara la carrera oficial según los términos que establecía el Ayuntamiento y refrendado mediante las firmas necesarias, sino que las hermandades demostraron que el acuerdo es papel higiénico y quienes mandan en la fiesta —y en el negocio, por supuesto— son ellas. Al preguntar a Fiesta Mayores por los términos del acuerdo rubricado en 2012 la respuesta fue la misma de siempre: la institución a la que llama está apagada o fuera de cobertura, y muestra una sobreprotección que guarda al Consejo de Hermandades de cualquier contratiempo. Dicen las malas lenguas —las noticias publicadas en Diario de Sevilla— que en el acuerdo se institucionaliza el número de palcos que corresponde a la autoridad municipal o el número de entradas para el Pregón de la Semana Santa que el Consejo de Hermandades debe entregar al Consistorio.

La otra estrategia reconocida fue la excusa de la seguridad. “Cuando nos planteamos la autogestión también estábamos pensando en la racionalización de la carrera oficial. Acometer todo un ordenamiento que diera sentido a la gradería de los espectadores y configurara una espectacularización de lo que allí se contempla”, apostilla Manuel Román. Su gabinete intentó llevar a cabo algunas mejoras aunque con poco éxito en algunos flancos. Rosamar Prieto-Castro, al comprobar que no conseguía la ampliación por las buenas, tuvo la idea de poner sus ojos en la seguridad. “Era necesario eliminar varios millares de sillas”. Con esto, las que se quitaban en un lado se pondrían en otro aunque la solución no convenció a nadie, hasta tal punto que apenas fueron eliminadas quinientas sillas. Las hermandades demostraron, una vez más, el poder que atesoran.
Preguntados los hermanos mayores sobre la seguridad de la carrera oficial, todos coinciden en que es un recinto plenamente seguro. “Si se hiciera lo que es obligatorio, la carrera oficial se podría venir a la mitad”, puntualiza Román, asegurando que la mayoría de las hermandades no están dispuestas a avenirse a los planes de seguridad exigidos si esto implica una reducción de la subvención. “Se han acostumbrado a esas cantidades y todos los hermanos esperan, año tras año, el estreno de turno, así como hay candidatos que sueñan con el proyecto de sus amores”, insiste el ex presidente. En el foro que preside Ernesto Vázquez lo tienen claro: “la seguridad prima por encima de cualquier otro aspecto”. Asimismo, afirma que las hermandades no sienten responsabilidad alguna con respecto a la carrera oficial. Da la extraña sensación de que las hermandades se han convertido en posos de personalidades frustradas donde muchos han ido a dar con sus huesos buscando un trampolín que los eleve, un espacio amplio donde obtener prestigio y reconocimiento social, un juguete con el que calmar su ambición de poder y dar rienda suelta al führer que llevan dentro. La época de los megaproyectos, como así la define Joaquín de la Peña, lo demuestra. “Cuando el dinero era tan importante, hubo cofrades que advirtieron de la posibilidad de cierta corrupción en las hermandades”, sentencia Manuel Román 

31.159,08


Es la cifra clave para entender la economía de la Semana Santa, al menos a lo largo de 2013. Ese número es más que sí mismo. Para unos son flores, cera, limpiaplata, el alquiler de la casa de hermandad. Para otros, las letra anual de un manto bordado que se encargó hace ya un lustro.
31.159,08 euros fue el montante que resultó agraciado para las hermandades que procesionan con dos pasos a la Catedral, que son dos tercios de la Semana Santa. Un dividendo nada despreciable. Algo más para las cofradías de tres pasos y algo menos para las cofradías de uno solo. Esta cantidad es la que hace, por ejemplo, que cofradías que antes discurrían por su barrios, como San Pablo o el Sol, ahora vayan al centro de la ciudad; o es lo que justifica que otras hermandades periféricas estén deseando ver la luz verde para comenzar su peregrinación —en términos absolutos—, haciendo peaje en la Santa Campana y cobrando lo correspondiente. Por este importe, que en junio de 2013 se vio reducido ligeramente, es por lo que muchas hermandades del centro no quieren que otras pasen por caja: sería el mismo dinero para repartir entre más cofradías.
Poco más de cinco millones de pesetas que permiten que haya hermandades que perdonen las cuotas a sus hermanos y sigan viviendo sin asfixias, que permiten la existencia de cofradías con menos de 500 nazarenos y cuotas exiguas y hace posible que muchas sueñen con el estreno del año que viene. Porque los artistas tienen que comer. 31.159,08 euros que, multiplicados por 60 cofradías que procesionan a la Catedral, da un total de 1.869.544,80 euros de beneficios que se reparten las hermandades de penitencia, lo que hace pensar que el neto se encuentra ligeramente por encima de los dos millones.
Curiosamente, una cifra que se acerca mucho a lo que cuesta poner una cofradía en la calle. De lo que podemos pensar, sin ser maliciosos, que la Semana Santa la pagamos todos. Al menos, el espectáculo.

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Los mitos: la caridad y la ciudad

“Interesa seguir vendiendo la versión oficial”. El informante se refiere a las bonanzas del sistema económico capirotero. “Se continuará vendiendo hasta el extremo que la labor social de las cofradías es impagable y que es rentable para la economía de la ciudad”. Quien habla lo hace con conocimiento de causa. Asegura que hay hermandades en la auténtica ruina y que sin la subvención estarían extinguidas. “Como para pensar en obras sociales están ésas”, apuntilla. El mismo confidente señala que pocos o ningún mayordomo reconocerá esta situación delicada y, mucho menos, que dependen de la subvención al 100%. “Es una obviedad”, remarca Rosamar Prieto-Castro. “Y no es que se trate de una información secreta —continúa—, sólo que no es pública. Se la dan a quienes ellos quieren”.
El discurso oficial ha calado tanto que desde las instituciones se sigue insistiendo en que si no fuera por las hermandades no se podría socorrer a tanta gente que padece necesidad. Después de haber revisado las reglas de las hermandades, la mayor parte indica que se destinará a caridad el porcentaje que la Junta de Gobierno estime en función de los ingresos ordinarios. Sólo algunas aventajadas señalan un 10%, como mínimo.
“El dinero de la subvención debería ir destinado a caridad”. Manuel Román también fue el padrino, junto a César Hornero, del Libro Blanco de la Acción Social, un proyecto ambicioso que proponía la posibilidad de crear una acción social conjunta de todas las hermandades en el Polígono Sur pero con tres premisas: en lugar de dinero, voluntarios; actuar directamente en el lugar, sin deslocalizar a los ayudados; y que fuese una acción continuada en el tiempo y no algo efímero o espontáneo. Aquel proyecto fracasó. Los cofrades no estaban dispuestos a ir hasta las Tres Mil Viviendas y “la subvención da la posibilidad de hipotecarse”, señala. Ante la posibilidad de haber fiscalizado el destino de estas subvenciones, Román aseguró que nunca se hizo y que no es potestad del Consejo de Hermandades. “Cada uno ya es mayorcito para saber en qué lo emplea”.
“La subvención es un reparto de dividendos y así se crea”, cuenta Joaquín de la Peña. “Con ella se pretenden objetivos concretos, en especial el de la caridad una vez cumplidos los principales. Entiendo que Manolo [Manuel Román] esté dolido porque no consiguió lo que el pretendía con su proyecto de acción social”, remata quien fuera secretario del Consejo. “La idea que teníamos en la cabeza no era el ‘Fraternitas’ que existe ahora sino que la Sevilla clásica fuese al Polígono Sur”, algo que no consiguieron. Joaquín de la Peña insiste en que los recursos de las hermandades son muy limitados y que lo fácil para las cofradías es la caridad del cheque. “Quizá, en algunos casos, sea la más efectiva, visto lo visto”. Aun así, muchas hermandades enarbolan una falsa acción social para justificar los proyectos inabarcables que les permiten las subvenciones. Con un par de cheques, una recogida anual de alimentos, la visita a un centro de ancianos dos veces al año —una por Navidad, claro— y el aporte a la Fundación Beneficio Asistencial Casco Antiguo puede justificarse un manto bordado de 300.000 euros o la reforma de un paso por valor de 280.000 euros, aproximadamente.
Según datos de la propia fundación antes citada, en 1998 sólo 48 hermandades de 535 de toda la Archidiócesis de Sevilla acudieron a la llamada del prelado hispalense cuando se recurrió a su ayuda en cuestiones de acción social.  En 2002, el Consejo sacó adelante el Libro Blanco de la Acción Social y las hermandades reflejaron mediante cuestionarios sus preocupaciones. Ayuda al estudio y apoyo educativo, ayuda económica y asistencia sanitaria eran las tres primeras cuestiones de la lista. Sin embargo, las visitas y acompañamiento y la preocupación laboral estaban en un segundo plano. La situación actual ha cambiado poco o nada. Es significativo que, en aquel entonces, el 80% de las hermandades tenía una estructura propia de acción social aunque poco cualificada, donde sólo contaban con una media de 5,5 miembros en estas áreas. Por otro lado, como confirma Joaquín de la Peña, todas las hermandades invertían un total de un millón de euros a caridad —cifra coincidente con la suma de las subvenciones—, con una media de 11.000 euros por hermandad y un máximo de 99.000, ese 10% pensando en presupuestos de hermandades que alcanzan y superan el millón de euros.

Las conclusiones del año 2010 no son muy halagüeñas. Acción dispersa, poco cualificada, gasto inútil, financiación a terceros de obras sociales, no se hallan obras de peso económico o impacto social. Alfonso de Julios, en un informe específico sobre la materia, señala la escasa imaginación en caridad y la escasa formación del voluntariado, además de insistir a las hermandades en que busquen financiación fuera de sus tesorerías. El informe concluye con un dato estremecedor: una fundación benéfico-asistencial formada por un conjunto de hermandades del Casco Antiguo, que ostentan presupuestos millonarios y cuyas nóminas de hermanos son abultadas en su mayoría, sólo dieron de comer en 2010 a 723 beneficiarios, asumiendo un coste total de 172.525,56 euros para 35 hermandades, entres las que se encuentran Panaderos —60.000 euros gastados para ir a la Jornada Mundial de la Juventud de 2011—, Los Gitanos —con un proyecto de casa de hermandad preparado— o el Gran Poder y la Macarena —los presupuestos más altos de la Semana Santa—. Aún se hace más llamativo al comprobar que la hermandad que más asiste es la del Amor, con 127 beneficiarios, seguida por la Macarena con 61 y —tomen güena nota, que diría Lopera—, en tercer lugar, la Parroquia de Omnium Sanctorum.

Se demuestra que la acción social es un mito. “La caridad no puede ser una justificación cuando ésta coincide con actos extraordinarios, como una coronación”, cuenta Joaquín de la Peña. “Además, no puede ser un lavado de cara como intentan algunos pero tampoco son las hermandades instituciones de caridad: fueron creadas para el culto y en eso andan. O deberían”. Manuel Román defiende que desviar los objetivos fundamentales es confundir a la gente. “Hay cierta relajación y falta de compromiso en las hermandades, que no puede ser suplida por acciones de caridad. Observo cierta falta de identidad”.
El otro mito es la ciudad. Al plantear la idea de que las hermandades deberían contribuir con el erario público, con el bolsillo de todos, que son las arcas municipales, las respuestas son variopintas. Excepto Rosamar Prieto-Castro, todas las fuentes han considerado que la subvención es un derecho frente a la posibilidad de ser tomadas como una gratificación que las instituciones públicas dan a las hermandades. Domínguez del Barco reconoce que muchas hermandades necesitan este dinero para vivir, lo que convierte al reparto de dividendos en un derecho. Desde el punto de vista del hermano mayor de la Estrella, las hermandades ya aportan a la ciudad: “revierten sobre la sociedad y la ciudad toma beneficios”. Guillermo Mira lo tiene más claro. “El Ayuntamiento le da el dinero a las hermandades —se supone que mediante el Consejo— y éstas le dan al dinero el uso adecuado”, considerando la subvención un derecho. Por su parte, el juez Berjano, hermano mayor de la Vera Cruz, sentencia que “bastante ganan el Ayuntamiento y la ciudad con la Semana Santa”. Es curiosa la posición de este mandatario acerca del propio Consistorio, al que otorga la categoría de empresa privada. A muchos cofrades se les olvida que el Ayuntamiento son todos los sevillanos y que ellos no son alcaldes de mini ciudades que se recluyen en sus templos. Las consideraciones de Román al respecto son distintas. “El Ayuntamiento debe perder a favor de la ciudad”. El término la ciudad no queda demasiado definido, dependiendo de quién lo use. Joaquín de la Peña parece que se pone en el camino. “El Ayuntamiento debe potenciar la Semana Santa porque forma parte de la «marca Sevilla». El Consistorio debe dejar que las hermandades hagan las cosas”, sostiene. “Es necesario hacer una valoración de pesos entre intereses”.
La confusión sempiterna parece venir entre el término la ciudad y el Ayuntamiento. El primero de ellos puede ser un sector muy amplio de la población, un conjunto de sectores económicos estratégicos y muy necesarios para sacar adelante la ciudad día a día, puede ser un conjunto de sentimientos, de emociones y de recuerdos, e incluso una seña de identidad que define a una gran cantidad de ciudadanos. Pero no a todos. El Consistorio, por su parte, en el plano económico sí lo conforman la totalidad de los ciudadanos representados por los concejales. ¿Qué le aporta la Semana Santa a un budista de la calle Pakistán —Sevilla Este, para más señas—? ¿Él no es la ciudad? Si una parte de los beneficios de la carrera oficial revirtiese directamente sobre las arcas municipales y, además, se invirtiese en proyectos que los ciudadanos, indistintamente de su raza, credo, procedencia, participación en la fiesta o no, pudiesen disfrutar ampliamente —más allá del manto bordado que todos contemplamos o del exorno floral con rosas traídas desde la Polinesia—, entonces sí que estarían contribuyendo plenamente las cofradías con la ciudad: la fiesta continuaría siendo un aporte muy importante a los sectores estratégicos, las hermandades seguirían disfrutando de procesionar de manera subvencionada —es decir, a pago de facturas, no más— y la ciudad se vería beneficiada.
¿Por qué se hace oídos sordos a esta cuestión? Por regla general, los cofrades estiman baratas las cuotas y las papeletas de sitio, mientras que opinan que las túnicas y otros abalorios para procesionar, según marcan las reglas, son caros. Con su aportación, el cofrade no sufraga la totalidad del presupuesto de su hermandad, mientras que la túnica debe pagarla íntegramente de su bolsillo. ¿Qué opinarían los cofrades si tuvieran que costear al 100% la Semana Santa y sus cuantiosos gastos? Lo mismo se terminaría tanto estreno anual, tanto gasto superfluo, se eliminaría a tanto cuatrero que desea hacer de las hermandades su cuadra particular y las propias cofradías volverían a su ser original, el culto, la formación y la caridad de manera compensada

Junta de accionistas


Lo cuenta Joaquín de la Peña. Virídico. Llegan unos señores muy trajeados y muy serios. Ocupan sus sillas, se dan los números, pleitean un poco y se van felices y contentos. Es el día del reparto de dividendos. Cuando el Consejo celebra la asamblea general de hermanos mayores y cierra las cuentas es cuando se sabe cuánto toca a repartir entre cada hermandad de penitencia, en función de los beneficios. “Se llama subvención en recuerdo del dinero que daba el Ayuntamiento para procesionar, aunque esto era antes de 1979”. Un recuerdo que se ha transformado.
El proceso para una subvención es la presentación de las facturas de los gastos y la compensación parcial o total de esos gastos por parte de la autoridad pública. ¿Se imaginan a las hermandades enseñando las facturas y con IVA? Hecatombe mundial. Tragedia. Algunas dejarían de hacer un fructuoso negocio con la mal llamada subvención, que tiene fines poco cristianos, véase enriquecimiento patrimonial sin tocar el bolsillo de los hermanos. “Es que está la cosa mú achuchá para subir las cuotas”. Otras, por el contrario, lo único que harían sería ponerse en la calle. Y otras, directamente, desaparecerían, ya que hoy día el único sustento fijo y seguro que tienen es este reparto de dividendos —finalmente legalizado según los nuevos estatutos y bendecido por la autoridad eclesiástica— que se hace entre la Junta Superior y los sesenta señores de las hermandades que procesionan a la Santa y enriquecedora Iglesia Catedral.

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¿Dónde están los periodistas?

Ante este panorama, ¿dónde están los profesionales de la información para poner en aviso a los ciudadanos? ¿Por qué Navarro Antolín, jefe de sección de Diario de Sevilla, ha contado esta historia con limitaciones, por fascículos inconexos y sin conclusiones? Se imparten cursos de periodismo cofrade que se cimientan en la sentimentalidad y que no ahondan en el interés general. Las páginas cofradieras de la prensa local continúan mareando la perdiz, en pleno agosto, por ejemplo, con asuntos sin trascendencia. Lo que dijo fulanito, lo que hizo menganito. Un Sálvame Cofradiero que se ha convertido en un no parar. Tres páginas a la semana, dos revistas mensuales, un puñado de programas del ramo en las televisiones y radios locales, webs oficiales, blogs, foros. Todos papagayos de la misma noticia que cuentan siempre los mismos sin entrar en honduras, porque eso sería molestar a los que mandan en la Semana Santa y, lo mismo, el año que viene ya no salgo de costalero, me quitan la insignia, no me reservan el asiento del pregón o no me vuelven a publicar más en el boletín de la hermandad. Están preocupados por el entretenimiento que la Semana Santa les proporciona, como si de un hobby se tratase —“el deporte sacro, socio”, afirma Paco Castro, refiriéndose a los costaleros—, engordando su propio ombligo frente al ordenador, absortos ante la belleza de lo estético. Dios se ha quedado en otra parte y ya no lo vemos en la cara del hambriento ni siquiera durante crisis como ésta que justifican este reportaje, cuando hace veinte años hacer esto no hubiera tenido sentido.

El negocio que se os va


Así de claro fue Manuel Román cuando, sentado en una mesa de la Confitería de La Reja, le dijo a los silleros que el chiringuito se acababa. Habría que ver las caras de Francisco, Miguel, José María y Ricardo. Y se les fue. Román y el selecto grupo de advenedizos lo vio cristalino: los 109 millones de pesetas del año 2000 eran las migajas de la mina. Román y su consejo supieron darle la vuelta a la tortilla sin levantar demasiado polvo y pasar de poco más de 600.000 euros a más de 2,5 millones de beneficio en 13 años. Las caras que se les quedarían a los silleros.
Ellos no se fueron del todo. Francisco montó una empresa auxiliar, Arcasur, para cohabitar con el Consejo hasta 2005 y la institución cofradiera la vendió como una empresa de largo recorrido. Más tarde, Miguel y José María organizaron Sifima (Sillas de Fiestas Mayores) y ahí siguen, chupando de la olla gorda. Los silleros se fueron pero no se fueron. Sólo trasvasaron competencias y el beneficio cambió de manos. Quizá al Ayuntamiento le dé por quitar al Consejo el negocio que Román arrebató a los silleros, y terminar con el reparto de dividendos que llevan a cabo entre las hermandades —De La Peña dixit—, mal llamadas subvenciones. No caerá esa breva.

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Del origen a hoy

Ismael Jiménez

Dentro de la dinámica reformadora postridentina y con el espíritu cambiante de una ciudad cosmopolita en la cima de su vida mercantil con las Indias, el cardenal Niño de Guevara se concienció de que la religiosidad popular conformada por las cofradías debía empezar a regularse por normas estrictas que impidiesen el libre albedrío que prácticamente estaba reinando en sus formas de entender la Pasión y Muerte de Cristo. De esta forma, en el Sínodo Diocesano de Sevilla del año 1604 vino a culminar los trabajos reguladores en el ámbito de las cofradías, estableciendo en las mismas una organización en las que el clero bajo las órdenes del ordinario obtendría un poder director considerable.
Bien es sabido que las cofradías no son ni han sido muy amigas de novedades y cambios significativos y, menos aún, de aceptar que “elementos extraños” a las mismas se impusiesen sobre su propia jerarquía interna. Pero en este caso hubieron de pasar por el aro de un prelado que, aun promocionando su fundación, dio el paso definitivo para la creación de la Semana Santa que hoy entendemos. El cardenal don Fernando consiguió en el Sínodo la aprobación de una norma específica que obligaba a todas las corporaciones que realizasen su Imitatio Christi del Domingo de Ramos al Viernes Santo a tener que pasar obligatoriamente por el templo metropolitano. Una obligación que está motivada por dos cuestiones: la primera, el control directo de la manera de procesionar de las diferentes corporaciones al tener que transitar por un “punto de control” inspeccionado por el arzobispo; y la segunda, la reducción y concentración del número de cofradías que habían proliferado en el último cuarto del siglo XVI y que inundaron la vida penitencial de la ciudad a principios del Seiscientos.
Calmados los ánimos de los hermanos y establecido este itinerario obligatorio para todas las cofradías —excepción hecha de las hermandades trianeras, que tendrían epígrafe paralelo en la obligatoriedad de pasar por la Real Parroquia de Santa Ana—, que arrancaría a las puertas de la Real Audiencia de Grados y las Casas del Cabildo —poderes terrenales— para continuar por la calle de los Genoveses y acceder a la Catedral —poder espiritual—, se asentó un nuevo modelo de Semana Santa que, con considerables y graves altibajos, llegó al siglo XIX.
En la segunda mitad de la centuria decimonónica fue cuando desde un Ayuntamiento ya burgués y liberal se observaron las posibilidades que el recorrido del cardenal Niño ofrecía. Con una estética renovada en las artes, llamémoslas, procesionales al gusto romántico gracias al patrocinio de los duques de Montpensier y con una creciente burguesía española que estaba tomando gusto por conocer otros lugares, se tomó conciencia de una idea tan sencilla como rentable: si por su singularidad las cofradías estaban siendo un factor de atracción hacia la ciudad para viajeros, bohemios, industriales, etc., ¿por qué no facilitarles su contemplación, evitándoles tortuosas caminatas por la intrincada ciudad a cambio de módico precio?
Así nacieron las sillas y palcos, ampliadas posteriormente hacia la plaza de la Campana y por la calle más comercial de la ciudad, Sierpes. Ideadas para que los forasteros dejasen sus caudales y para que, por medio de un mecanismo de compensación prontamente exigido por las hermandades, éstas también se financiasen; no para que la mediana burguesía (¿eso existe aquí?) local pudiese acomodarse en una silla de enea a comer cacahuetes y otros frutos secos variados.

El “no” de Tomás


El tesorero del Consejo, Tomás Vega, se cierra en banda a proporcionar información durante una conversación telefónica. “El dinero de las hermandades no le interesa a nadie”, concluye tajante. Lo malo no es que Vega sea completamente obtuso a la hora de  confirmar o desmentir datos. El problema reside en que esta dinámica se repite en aquellos que controlan los dineros de las hermandades. ¿Qué hay de malo en conocer de forma transparente las cuentas de las cofradías?
Mediante cálculos con los datos ofrecidos en el Instituto Nacional de Estadística y el informe de impacto económico de 2010, la Semana Santa de Sevilla cuesta a los ciudadanos entre 7,18 y 11,93 euros. No estaría de más, a tenor de estos datos, conocer las cifras oficiales del negocio central de la fiesta: la carrera oficial. Cuanto menos, el dinero de las hermandades debería interesar y mucho. Llama la atención, además, que un sector de los seglares continúen una línea que la propia Iglesia abandonó hace tiempo cuando comenzó a emitir y publicar sus cuentas.
La conversación fue efímera, cordial y amable. Con exquisita educación, Tomás Vega se despidió mostrando su total disposición. A excepción de conocer las cuentas, claro. Él sabrá por qué.

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La ayuda que no se ve

Francisco Castro García

En la mañana de ayer, los dos grandes medios locales de la ciudad de Sevilla recogían entre sus páginas la noticia de que el Ayuntamiento subvenciona con 400.000 euros a la Cruz Roja.  El dinero irá al proyecto integral de inclusión social, especialmente destinado a las familias desfavorecidas de Tres Barrios-Amate, el Polígono Sur, Torreblanca, el Polígono Norte y el Parque Alcosa.
Sin embargo, hay una ayuda que no aparece en los medios. Existen muchas entidades que trabajan día a día para ayudar al prójimo, las hermandades de la ciudad. Lo que para muchos es un día al año, cuando los pasos salen a la calle, para otros hermanos es el día a día de la ayuda a los demás. Una ayuda que, encima, casi nunca se ve. Entre ellas están desde las que cuentan con presupuestos millonarios (Macarena y Gran Poder) hasta las más humildes. Sin embargo, todas, en la medida de sus posibilidades, ayudan a los que más lo necesitan. La labor asistencial en las hermandades ha sido una constante desde siempre. Incluso hay corporaciones que tienen en este fin la razón de su fundación. Pero ha sido en el siglo XXI cuando de verdad han canalizado esta labor de ayuda para poder hacer frente a proyectos más ambiciones y hacerla más eficiente y más acorde con los tiempos que corren.
Si hay que buscar un punto de referencia en la labor asistencial de las hermandades y cofradías, ésa es Cáritas. La colaboración con la organización de entidades de acción caritativa ha sido la médula espinal de la labor social de las corporaciones durante muchos años y lo sigue siendo hoy día. En muchas hermandades son los propios hermanos y los diputados de caridad los que unos días a la semana atienden a las personas que acuden en busca de los cupones para poder comprar alimentos básicos, así como para hacer frente a facturas de gastos básicos como luz, gas o agua. Rocío Ortíz, diputada de caridad de la hermandad de la Amargura, reconoce que a pesar de ayudar a un número muy elevado de personas, la labor de las hermandades sigue pasando muy desapercibida. “Es descomunal la cantidad de personas que venimos atendiendo en el último año y a las que la hermandad les ayuda a salir adelante, y a pesar de ello es un trabajo que muchos desconocen”, asegura. Como la Amargura, muchas otras, si no trabajan directamente con Cáritas, sí hacen aportaciones asiduamente.
Pero si hay un hito en la labor asistencial de las cofradías es en 2001, con la creación del economato del Casco Antiguo. Lo que empezó como un proyecto de once hermandades hoy ya lo integran treinta y seis, las cuales aportan el 75% del costo de los productos, así como los gastos de alquiler del local y voluntarios para el funcionamiento del establecimiento. Ubicado en la calle Narciso Bonaplata, el economato del Casco Antiguo también se ha convertido en la actualidad en el sustento de muchísimas familias que pueden comprar los productos a precio de saldo gracias a la aportación de las hermandades.
Estos dos son los proyectos más conocidos dentro del mundo de las cofradías. Pero aparte de ellos, muchas hermandades, gracias al importante presupuesto con el que cuentan en sus arcas, pueden desempeñar grandes labores de ayuda a través de sus bolsas de caridad. Es el caso de la hermandad del Gran Poder, que destina al año 134.000 euros sólo a proyectos caritativos, junto con la bolsa de trabajo con la que cuenta le hermandad. Además, las corporaciones penitenciales también desarrollan proyectos de índole social como el Centro de estimulación precoz Cristo del Buen Fin, destinado a potenciar las facultades de pequeños discapacitados. O el proyecto Fraternitas del Consejo de Hermandades y Cofradías, destinado a mejorar el ocio y el tiempo libre de los más jóvenes en el Polígono Sur.
Con proyectos y obras asistenciales como las que llevan a cabo las hermandades de la ciudad de Sevilla se demuestra que dentro de la misma sociedad, y de manera callada hay muchos que trabajan para ayudar al prójimo, convirtiendo a las cofradías en un pilar básico de la caridad en Sevilla y que tal y cómo se presentan las previsiones se les avecinan tiempos donde tendrán que arrimar el hombre aún más para seguir poniendo su granito de arena y empujar todos juntos para paliar los efectos de esta crisis entre los más necesitados de la ciudad.

Hipotecas


Probablemente es el palabro más extendido en la época actual. ¿Quién no ha conocido a esta señora deshilachada, ilusionante en el trato y traicionera? Los que han padecido sus más perversos efectos podrían no hablar bien de ella, con toda la razón. Lo que nace como una posibilidad de construir el futuro puede convertirse, en ocasiones, en una traba mortal para muchos.
Nuestras hermandades, en su necesidad y afán por mantener el patrimonio, han recurrido en exceso a este medio de financiación para diversos proyectos: casas de hermandad, bordados, tallas, dorados, etc., fomentando un crecimiento insostenible basado en el intangible y no en el capital: el dinero contante y sonante en el bolsillo. Hasta el punto de endeudarse por encima de sus posibilidades, en algunos casos. La subvención del Consejo ha sido el mejor aval de pago para solicitar estos créditos, junto con el número de hermanos y sus correspondientes cuotas.
¿Qué ocurriría si en la Hermandad de la Sed o de la Vera Cruz los hermanos decayesen hasta no poder pagar las cuotas o, imaginando mucho, desapareciera la subvención del Consejo? O si se transformara en otro tipo de estipendio. ¿Se atreverían los bancos a desahuciar a las hermandades? ¿Pasaría como con los grandes conglomerados de comunicación, que los bancos se convertirían en los dueños de la Semana Santa? De momento se va pagando, aunque desde algunos flancos se reconoce la quiebra técnica de un puñado de hermandades, que empiezan a ser más de los dedos de las dos manos. Calle Pureza, Javieres, Siete Palabras, Despojado…

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Cofradías y derroche, ¿sinónimos?

Juan Ignacio Borrallo

En pleno siglo XXI, la sociedad se encuentra en una profundísima crisis, no sólo económica, sino también de valores. Esa crisis, como un pulpo de largos tentáculos, toca a cada uno de los aspectos de nuestra vida y el que aquí tratamos no se iba a quedar atrás. Hablo de la Semana Santa, una tradición tan arraigada en Sevilla como lo están los cimientos de su torre fortísima. Una fiesta católica que siempre ha ido a la par de la evolución de una ciudad que la ha visto crecer y evolucionar sin perder su esencia.
Y como la Semana Santa es espejo de la sociedad imperante del momento, en ésta de los albores del Siglo XXI nos ha tocado presenciar unas cofradías que han participado del “boom” de la construcción cuando una gran mayoría comenzó a remozar o realizar nuevas casas de hermandad, mientras otras encargaban nuevos enseres, nuevos pasos y tallas que, a pesar de la crisis, seguían llenando las listas de peticiones en los talleres artesanales con facturas de miles de euros.
La pregunta es si es lícito pregonar austeridad y caridad mientras se gastan miles de euros en enseres que se van a utilizar una vez al año. Seguro que hay opiniones para todos los gustos. Pero ésa no es la única pregunta. Otra que podría pasarse por la cabeza es de dónde se saca todo ese dinero si las cuotas constituyen el único ingreso conocido para el gran público.
Todo es complicado de explicar, pero siempre habrá opiniones favorables y detractoras. La favorable será la de quien diga que las Hermandades en Sevilla son las organizaciones que más dinero destinan a caridad y que dichos encargos sirven para que se mantengan puestos laborales y no desaparezcan oficios artesanales como la orfebrería. La detractora será de quien diga que ese dispendio económico se podría aumentar en la partida hacia caridad y que el dinero que se destina para el patrimonio cofrade surge de la explotación de un suelo público que pagamos todos.
Pero si piensan en profundidad, el gasto realizado por las Cofradías en la última década puede resultar demasiado desorbitado. Quizá deberían haber hecho caso a la moraleja que se sacaba del cuento entre la cigarra y la hormiga y tendrían que haber guardado todo el dinero recibido en tiempos de bonanza en vez de haber gastado desmesuradamente. No era necesario realmente un paso nuevo para el Cristo de las Cinco Llagas de la Trinidad, porque el anterior era una joya de la talla y no estaba tan deteriorado como se comentó a los hermanos. Tampoco lo era cambiar un Crucificado con características únicas, por uno del imaginero de moda. Ni un palio nuevo para la hermandad de Jesús Despojado.
En estos tiempos que corren, todo está circunscrito a los cambios políticos y de la sociedad. Un día llegará algún partido que corte la subvención por la explotación del suelo público que se convierte en Carrera Oficial. Será ese día cuando las hermandades echarán de menos no haber seguido el ejemplo de la hormiga y quizás muchas de ellas no soporten sólo con las cuotas de hermanos para sobrevivir. Entonces todos echarán de menos aquel tiempo de vino y rosas en el que no se escatimaba en nada para que mi cofradía fuera la mejor de Sevilla.

Silencio… administrativo


Una de la madrugada y el chirriar de un portalón la abre. Silencio, ya sale. Así cantaban Pascual González y Los Cantores de Híspalis a la Primitiva de los Nazarenos de Sevilla, vulgo El Silencio. El mismo que impera en la Delegación de Fiestas Mayores cuando se pregunta por la partida presupuestaria asignada a la organización de la Semana Santa o por el gasto total de la fiesta mayor en 2013. Explicación: la jefa de servicios no quiere hacer pública esa información. ¿Qué interés tiene Pilar Ballesteros, una funcionaria, para que esos datos no sean públicos? Tocado. Remiten a indagar en otras delegaciones. A su vez, Macarena Silva, en la delegación de Hacienda deriva de nuevo a Fiestas Mayores. Tocado y hundido.
Si el tesorero del Consejo era reacio a hacer públicas las cuentas de las sillas y palcos, en Fiestas Mayores no fueron más transparentes en la parte que les toca. No es conveniente que no se sepa cuánto cuesta el circo porque a lo mejor alguno piensa en cerrar la carpa. Nunca se sabe. Mejor no mentar la soga en la casa del ahorcado, tal como están las cosas.

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No con mi dinero

Jacobo Linde Navarro

Rotundamente no. No se puede comerciar tanto con la vía pública. Al menos no siempre con trato de manos preferentes entre los cuatro del cortijo.
Y ustedes dirán, ¿esto a qué viene? Pues muy sencillo. El Ayuntamiento cede, por una paupérrima cantidad, el suelo público cada Semana Santa al Consejo de Cofradías para que instale todo el entramado de palcos y sillas que acogerán a los privilegiados abonados que pueden permitirse las no precisamente económicas plazas para contemplar el recorrido común de todos los pasos de la fiesta sevillana.
Aquí no hablamos de una callecita pequeña por la que no pasa nadie, ni tampoco de un apartado barrio alejado de la saturación cotidiana de la circulación, sino de un colapso absoluto del centro de la ciudad, desde la más que conocida Plaza del Duque hasta los alrededores —casi al completo— del templo catedralicio y en una más que importante franja horaria del día.
Esas zonas se encuentran absolutamente cerradas al tráfico rodado y se ve también muy impedido el paso peatonal, con el consiguiente perjuicio para los comercios de esa zona que sufren una gran bajada del volumen de negocio ante la imposibilidad que tiene el público para acceder a los establecimientos, no precisamente sobrados de economía en tiempos de prolongada crisis.
No, señores, no. No protestaría si todo esto no fuera gratuito. No se puede justificar permanentemente bajo la excusa de “la enorme repercusión económica en la ciudad” —en palabras de Juan Ignacio Zoido— que vive Sevilla en esos días.
La calle es de todos y las cofradías hacen lo que les da la gana en esta ciudad. Es una realidad. Lo mismo se adueñan totalmente —por comodidad— los señores del Consejo del eje central y primordial de la ciudad durante casi un mes, que cortan una calle porque hay veinte chavales sacando un pasito de cruz de mayo.
¿Y aquí quién paga? El ciudadano. Está claro que una institución tan prestigiosa y tan respetada, con tan enorme cuota de poder no va a desembolsar ni un euro por la ocupación. Ese dinero tan necesario va a repartirse entre las hermandades, cuando al pobre hombre que tiene un bar o una tienda en los mismos lugares no le pagan ni una simple ayuda por ponerle cinco filas de sillas delante de la puerta del negocio que le da de comer.
¿Quién ayuda a las tiendas de Sierpes? ¿Y a las de la Avenida? Ese dinero, aunque fuera una mínima parte de lo que le exigen a esos currantes, debería recaudarse y revertirse en el beneficio de todos, no siempre de los intereses particulares. También existen esos ciudadanos a los que les llenan la cabeza con patrañas sobre empleo y bienestar, y luego los funden a impuestos y les recortan los más que demostradamente necesarios veladores para intentar sobrevivir en estas pésimas condiciones.
Conste que no se pretende defenestrar nada ni a nadie, sino hacer conscientes a los ciudadanos y al propio Consistorio de que hay que poner cordura y que no se pueden usar dobles raseros a la hora de medir los tributos municipales.
De la misma manera que, en reglas generales, todas las festividades y tradiciones propias de este pueblo son respetadas y bien difundidas y promocionadas, tenemos que abandonar el argumento fácil de “¿y el dinero que da a la ciudad?” para pensar que, aunque a unos les aporta mucho dinero, no pueden pagar siempre justos por pecadores. Las exenciones fiscales, siempre justificadas, están bien. Pero no siempre a  los mismos y para lo mismo.

Dinero versus seguridad


Que la carrera oficial es una ratonera es algo sabido por todos. Las sillas no pueden estar más pegadas unas a otras, los pasillos son insuficientes, las vías de evacuación meros espejismos. Rosamar Prieto-Castro y el Foro Niño de Guevera —cementerio de elefantes, para los amigos— han advertido de estos problemas en caso de tragedia. Y la Madrugá del año 2000 aún sigue fresca. A pesar de las advertencias, poco o nada se ha hecho en este sentido y todos apuntarán, llegado el caso, al Ayuntamiento —según la ex delegada— o al Arzobispado, según los señores del Foro.
La versión de los hermanos mayores es difusa. Al ser preguntados sobre si están dispuestos a ver disminuidos sus ingresos de la carrera oficial si con ello se mejora la seguridad, sólo uno de los cuestionados apostó por el sí rotundo. El resto de respuestas iban desde el consabido “la carrera oficial ya se ha adecuado a lo establecido en seguridad, según el Ayuntamiento” a la callada por respuesta. Muy frecuente en el mundo cofrade si la pregunta es comprometida.
Lo interesante del asunto es contraponer el dinero que las hermandades reciben —que es proporcional al número de espectadores— y el nivel de seguridad —que es también proporcional al número de espectadores—. Es decir, a mayor número de espectadores, más ingresos pero menos seguridad. A menos espectadores, más seguridad pero menos ingresos. A ver quién le pone el cascabel al gato. El poder fáctico que las hermandades ejercen sobre los poderes de la ciudad —ese poder que nadie reconoce y que dice que las hermandades son buenas e inocentes— es quien decide si la carrera se amplía o no, si se recortan sillas o no.


Artículo del 2013

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