¿El Futuro que merecemos pasa por el Municipalismo Libertario? 

Soy hija de dos personas con larga trayectoria municipalista.

Mi madre, Beatrice Bookchin, fue candidata en 1987 al Ayuntamiento de Burlington, Vermont, dentro de una plataforma municipalista que pugnaba por una ciudad ecológica, una economía moral y, sobre todo, asambleas ciudadanas capaces de disputar el poder del Estado-nación. Mi padre es el teórico social y municipalista libertario Murray Bookchin.

Durante varios años, la izquierda ha tenido que lidiar con el dilema de con qué estrategias podemos materializar nuestras ideas de igualdad, justicia económica y derechos humanos. Y la trayectoria política de mi padre sirve de ejemplo para el argumento que propongo: que el municipalismo no es solo uno de los medios para producir un cambio social, sino la única herramienta capaz de conseguir la transformación de la sociedad.

Mi padre, que creció en las juventudes comunistas y conocía muy bien la teoría marxista, encontraba problemas en los enfoques economicistas y reduccionistas que tradicionalmente impregnaban a la izquierda marxista. Su búsqueda consistía en una idea de libertad más amplia: no solo liberar a la gente de la explotación económica, sino una libertad que abarcara todas las formas de opresión: de raza, de clase, de género, étnica.

Al mismo tiempo, a principios de la década de los sesenta, se hacía cada vez más evidente que el capitalismo es incompatible con la Naturaleza. 

Murray pensaba que no se podía abordar los problemas medioambientales con un enfoque parcial –combatiendo la deforestación un día, manifestándose contra una planta nuclear al siguiente– porque el capitalismo amenaza la estabilidad ecológica. Es decir: el afán de lucro, el ethos capitalista de “crecer o morir” es esencialmente incompatible con la estabilidad ecológica del planeta. 

Así fue como comenzó a elaborar la idea que denominó ecología social, que parte de la premisa de que todos los problemas ecológicos son problemas sociales. 

Murray afirmaba que para remediar el carácter rapaz de nuestra relación con la Naturaleza debemos modificar las relaciones sociales: debemos acabar no solo con la opresión de clase, sino con todo tipo de dominación y jerarquía, sea la dominación de la mujer por el hombre, la de las lesbianas, los gais y la personas transgénero por los heterosexuales, la de grupos étnicos por los blancos, de los jóvenes por los viejos.

Así pues, su dilema devino: ¿cómo construimos una sociedad más igualitaria? ¿Qué tipo de organización social alternativa sería capaz de crear una sociedad en la que los seres humanos estuvieran verdaderamente emancipados y en la que se subsanara nuestro distanciamiento con la Naturaleza? La pregunta es entonces: ¿qué tipo de organización política es la mejor para contrarrestar el poder el Estado?

Así, a finales de los sesenta, Murray comenzó a escribir sobre una forma de organización a la que llamaría municipalismo libertario.

Estaba convencido de que el municipalismo ofrecía una tercera vía para salir del punto muerto al que habían llegado las tradiciones marxista y anarquista. 

El municipalismo rechaza tomar el poder estatal, el cual –tal y como sabemos desde la experiencia de la Unión Soviética– es un objetivo imposible, un callejón sin salida ya que el Estado, sea capitalista o socialista, con su burocracia sin rostro, nunca atiende las demandas del pueblo.

Al mismo tiempo, los activistas debemos reconocer que no conseguiremos un cambio social simplemente llevando nuestras reivindicaciones a las calles. Las acampadas y manifestaciones masivas son capaces de desafiar el poder del Estado, pero no han tenido éxito a la hora de usurparlo. Aquellos que se empeñan en una política de protesta o de organización en los márgenes de la sociedad han de reconocer que siempre habrá un poder, que no desaparece sin más. La cuestión es en manos de quién reside: en la autoridad centralizada del Estado o en el ámbito local con la gente.

Es cada vez más evidente que nunca lograremos la clase de cambio radical que es tan claramente necesario por el simple hecho de acudir a las urnas. El cambio social no llegará votando al candidato que ofrezca un incremento del salario mínimo, educación gratuita, bajas parentales o cualquier otro tópico de la justicia social. Cuando nos confinamos a la elección del menor de los males, a las sobras que la socialdemocracia nos ofrece, nos movemos dentro de la propia estructura estatal centralizada, diseñada para mantenernos abajo permanentemente, y la apoyamos.

Y, aunque la izquierda a menudo lo pase por alto, hay una rica historia de políticas de democracia directa, de autogobierno ciudadano: de Atenas a la Comuna de París, pasando por los colectivos anarquistas españoles de 1936; de Chiapas a Barcelona y otras ciudades españolas de los años recientes, pasando ahora por Rojava, en Siria, donde el pueblo kurdo ha implementado un proyecto de autogobierno profundamente democrático, como no se había visto jamás en Medio Oriente.

Una política municipalista es mucho más que trasladar una agenda progresista al ayuntamiento, con todo lo importante que esto pueda ser. El municipalismo o comunalismo –como lo llamaba mi padre– devuelve la política a su acepción original: una llamada moral basada en la racionalidad, la comunidad, la creatividad, la libre asociación y la libertad. Una visión plenamente articulada de una democracia asamblearia y descentralizada en la que la gente trabaja en conjunto para trazar un futuro racional. En un momento en que los derechos humanos, la democracia y el bien público se ven atacados por gobiernos estatales centralizados crecientemente autoritarios y nacionalistas, el municipalismo nos permite reclamar la esfera pública para ejercitar una ciudadanía y libertad auténticas.

El municipalismo exige que el poder vuelva a los ciudadanos comunes, que reinventemos lo que significa hacer política y lo que significa ser un ciudadano. La verdadera política está en las antípodas de la política parlamentaria. Se inicia en la base, las asambleas locales. Es transparente, con candidatos que responden al 100% ante las organizaciones de su barrio, que son delegados antes que representantes que hacen tratos y chanchullos. Celebra el poder de las asambleas locales para transformar y ser transformadas por una ciudadanía cada vez más preparada. Y es festiva: mediante la propia acción política devenimos seres humanos nuevos, construimos una alternativa a la modernidad capitalista.

El municipalismo se pregunta: ¿qué significa ser un ser humano? ¿Qué significa vivir en libertad? ¿Cómo organizamos la sociedad en formas que promuevan la ayuda mutua, el cuidado y la cooperación?

Estas preguntas y las políticas que se desprenden de ellas contienen un imperativo ético: porque tenemos la necesidad de vivir en armonía con la Naturaleza o destruiremos la base de la propia vida, pero también porque tenemos el mandato de maximizar la igualdad y la libertad.

La buena noticia es que esta política se articula con creciente fuerza en movimientos horizontalistas, por todo el planeta. En los movimientos de recuperación de fábricas de Argentina, en la Guerra del Agua en Bolivia, en los consejos de barrio surgidos en Italia, donde el gobierno mostró ineficacia a la hora de asistir a los municipios afectados por graves inundaciones, vemos una y otra vez a la gente organizarse en el ámbito local para ejercer el poder, para crear un poder alternativo que disputa con cada vez más fuerza el poder del Estado-nación.

Estos movimientos toman la idea de la democracia y la expresan en su máximo potencial, y generan una política que atiende a las necesidades de la gente, que favorece la cooperación y el compartir, la ayuda mutua y la solidaridad, y que reconoce que las mujeres debemos ejercer un rol de liderazgo.

Conseguir esto significa llevar la política a cada rincón de nuestros barrios, haciendo lo que los conservadores llevan haciendo con tanto éxito en las últimas décadas en todo el mundo: presentar candidatos en el ámbito municipal.

También significa crear un programa de mínimos (acabar con las ejecuciones hipotecarias, frenar las subidas del alquiler y la desestabilización de nuestros barrios producto de la gentrificación), pero también un programa de máximos en el cual podamos imaginar cómo sería nuestra sociedad si pudiéramos construir una economía solidaria, emplear nuevas tecnologías y expandir el potencial de cada ser humano para vivir en libertad y ejercer sus derechos civiles en tanto miembros de comunidades prósperas y verdaderamente democráticas.

Y debemos confederarnos, trabajar más allá de las fronteras de los Estados y las naciones, desarrollando programas que aborden cuestiones de escala regional o incluso internacional. Esta es la respuesta para aquellos que dicen que no seremos capaces de resolver grandes problemas transnacionales por ceñir nuestras acciones al ámbito local. De hecho, es precisamente en el ámbito local donde día tras día se resuelven estos problemas. Incluso los grandes temas como el cambio climático se pueden gestionar a través de una confederación de comunidades que envíen delegados para atender los asuntos regionales e incluso transcontinentales. La burocracia del Estado centralizado no es necesaria.

Es necesario crear instituciones políticas permanentes en el ámbito local: no simplemente políticos que articulen un programa de justicia social, sino instituciones que sean directamente democráticas, igualitarias, transparentes, completamente responsables, anticapitalistas, con conciencia ecológica y que den voz a las aspiraciones de la gente. Requerirá tiempo, educación y la creación de asambleas municipales que contrarresten el poder del Estado-nación, pero es la única esperanza de transformarnos en esos nuevos seres humanos necesarios para crear una nueva sociedad.

Éste es nuestro momento. En todo el mundo, la gente no solo quiere sobrevivir, también desea vivir. Si queremos lograr la transición desde la espiral de muerte de la sociedad que nos han impuesto las décadas de neoliberalismo hacia una sociedad racional y plenamente humana, debemos crear una red global de ciudades, pueblos y aldeas sin miedo. No merecemos menos que eso.

Debbie Bookchin es autora y periodista de investigación premiada. Ha publicado, entre otros medios, en The Atlantic, The Nation o The New York Times. Durante los tres años en que prestó servicio en la U.S. House, fue secretaria de Prensa del candidato presidencial de Estados Unidos Bernie Sanders.

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